miércoles, 17 de agosto de 2011

El mago


Pide la ayuda de todas las fuerzas de la naturaleza, y todas le sirven; convoca los secretos de la mente, y todos acuden. El aire huele a energía, Perro-ayuda tiene el pelo erizado y los ojos brillantes, de sus puntiagudas orejas salen chispas y tiene miedo, pero se mantiene firme en las palancas que canalizan los poderes que requiere el mago para su conjuro.
El mago está en la terraza de la cima de la torre. Lanza una vez más su conjuro por medio de la red de información que circunda el planeta. Es un conjuro preciso, amorosamente calibrado, poderoso, lleno de virtud y verdad, pero una vez más fracasa totalmente. El mensaje se recibió, se decodificó, se leyó, se agradeció, pero no tuvo ningún efecto, fue como si en lugar de un conjuro se hubiera tratado de una simple carta. Fracaso total… nuevamente.
Una vez más, el mago está frustrado, triste, enojado. No puede hacer nada a pesar de toda su fuerza, de toda su sabiduría. Quiere ayudar a la cautiva, pero no puede, no mientras ella no le pida ayuda. Y ella no lo hace. A pesar de que la prisión que sufre es espantosa, a ella parece gustarle.”¡No! ¡De ninguna manera le gusta!”, grita el mago. “No, por supuesto que no me gusta”, escucha en su mente la respuesta de la cautiva. “No me gusta, pero sabes que lo merezco, que fue mi decisión, que todo se irá arreglando poco a poco, que él en el fondo me ama, que tal vez me merezca los castigos…”. La lista de razones por las que ella no pide ayuda es interminable. El mago las ha escuchado todas, y llora de impotencia.
Mientras, en su prisión, la cautiva llora con toda la pena que existe en el universo. Llora en silencio, para no importunar, llora sin lágrimas, para que no se note, pero ¡ay! ¡qué llanto tan triste! Las flores se ponen mustias al escucharla, los pájaros olvidan sus cantos, la lluvia no sabe dónde caer, los ríos cambian su curso y dan vueltas inútiles inundando los campos. La tristeza es infinita, llena de desesperanza, de desamor, es tan grande que los árboles se secan y crea un invierno eterno.
“Mi culpa, mi decisión, mi vida, mi amor —murmura la prisionera— mi culpa, mi decisión, mi vida, mi amor”. El mago se desespera. Sabe que ella no pide ayuda porque su prisión no sólo es física. Su captor, un chupasangre tan miserable como cualquier sanguijuela, tan insignificante como cualquier gusano, también tiene recursos mágicos y la ha hecho víctima de conjuros malignos alimentados por el dolor, la humillación y el engaño. Le habla con palabras dulces al oído, pero golpea con puños fuertes su cuerpo; usa canciones suaves, pero causa dolor en el alma.
De muchas maneras, el hechizo maligno es poderoso. Pero lo que el captor jamás ha comprendido es que su víctima es muy fuerte. Posee toda la fortaleza de la belleza y todo el poder de las personas capaces de crear; es tan fuerte, que en varias ocasiones ha logrado escapar, aunque sea momentáneamente, a su influjo.
Y el mago también lo sabe. A pesar de toda su frustración, de toda su tristeza, sigue enviando sus conjuros liberadores, continúa esforzándose con sus mensajes. “No estás sola, eres verdaderamente amada, te necesitamos, eres importante, eres hermosa…”, le repite todos los días e instruye a las mariposas y a las moscas, a las gotas de lluvia y a los granos de polvo, para que cuando estén cerca de la cautiva ellos también lo repitan.
El mago tiene fe —esa creencia en algo que va más allá de la razón— en que tarde o temprano la prisionera escuchará su mensaje, volteará hacia él sus bellos ojos de almendra, y le dirá: “Ayúdame”. El mago sabe que en ese preciso momento sus conjuros derribarán la prisión y que ella quedará libre, y que esta vez será para siempre.

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