jueves, 26 de abril de 2012

Ella regresará a las 4 de la mañana



 
I used to love her
But I had to kill her
I had to put her, six feet under, 
and I can still hear her complain


Guns’n’Roses

Son las tres, no, casi van a dar las cuatro de la madrugada y no puedo dormirme. Ni la cerveza, ni la televisión aburrida han servido; tampoco el silencio absoluto. Simplemente no puedo dormir.

Decía la gente de antes: “así tendrás la conciencia”. Siempre me reí de ese dicho y de todos los demás. Sin embargo, tal vez ahora tengan razón. Así tendré la conciencia que por más que me esfuerzo sigo despierto noche tras noche hasta las cinco o seis de la mañana, cuando me entra un sopor idiota, como cuando dormitas en un autobús que está a punto de pasar por el pueblo donde te tienes que bajar, o ese sueño que te atrapa media hora antes de bajarte de un avión y hace que la azafata te despierte con cara de “¿y por qué tengo yo que lidiar con estos siempre?”.

La cama es cómoda, la temperatura agradable, pero para el caso, es como si estuviera en el piso de una choza de madera durante una nevada en la Tarahumara. Vamos, nunca he estado en un lugar así, pero supongo que ha de ser muy incómodo.

¿Será que extraño a Raquel? Podría ser, aunque hace tres años que no estamos juntos y la mala conciencia me ha estado molestando desde hace dos semanas cuando mucho.

Cuando ella se fue me quedé con la casa, pero de inmediato regalé todos los muebles, todos los adornos, toda la ropa que dejó. Traje albañiles y contraté un decorador de no demasiado mal gusto y el lugar quedó como nuevo. De hecho, mejor que nuevo, pues ya no tenía ese frío húmedo que casi siempre viene con las construcciones recién hechas.

De Raquel nunca supe nada más. Ni yo ni nadie. Durante algún tiempo vinieron algunos de sus familiares, sobre todo rancheros norteños entre broncos y apenados para preguntarme por ella. A todos los recibí en la nueva sala, a todos les invité café y, a algunos, tequila o whisky; les enseñé algunas cartas en las que Raquel me decía que estaba harta de mí y que un día se iría a Australia o algún otro lugar lejano. Les simpaticé a muchos de esos parientes, aunque algunos me siguieron mirando con recelo, particularmente las mujeres.

Luego llegaron los investigadores. No fueron muchos, pero sí inolvidables. Desde la pareja de federales gordos, con vaqueros planchados como si fueran pantalones de vestir, camisas Versace con motivos campiranos y pesadas chamarras de cuero, hasta los abogados, como el licenciado Monteagudo, con traje de cinco mil dólares y asistente con minifalda, pasando por dos o tres especímenes intermedios.

Los más sencillos fueron los federales y otros policías que hacían dinero extra en su tiempo libre. Vieron que no les iba a dar dinero y que si me secuestraban, había dado órdenes para que de inmediato congelaran todas mis cuentas y que en caso de que me asesinaran, se repartieran mis bienes entre varias organizaciones y orfanatos, Con ellos, fue cosa de tomar muchas copas, ir a algún table y asunto arreglado. Seguramente sacaron más dinero por sus investigaciones de los parientes de Raquel que conmigo.

Con los abogados fue diferente, mucho más difícil. El primero de ellos era un abogado de Saltillo, duro y mañoso; joven y con mucha hambre; lo terminé contratando como encargado de los asuntos de algunos de mis negocios y aunque me ha costado mucho, hace muy bien su trabajo. Es desalmado, pero inteligente y sabe que conmigo hizo un buen negocio.

La experiencia con el abogado Monteagudo, con sus trajes carísimos y la asistente de minifalda, fue como tener que pasar por terapia de electrochoques. Realizó una investigación meticulosa para demostrar que yo había asesinado a Raquel, entabló varias querellas contra mí y estuvo a punto de mandarme a la cárcel un par de veces, no tanto por su habilidad jurídica como por la cantidad de contactos que tenía.

En un momento de inusual franqueza, me dijo: “No me importa que vaya a la cárcel, licenciado Pereda; lo único que me interesa es averiguar dónde está la mujer que buscan mis clientes”. Eso, precisamente, era lo único que no podía responderle.

Al final, un par de sucesos extraordinarios y aparentemente fortuitos hicieron que el abogado me dejara en paz para siempre. Primero, recibí un paquete de cartas de Raquel, provenientes de Indonesia. En ellas me aseguraba que aún me odiaba y solamente me escribía para recordármelo. También venían muchas fotos de ella acompañada de hombres altos y rubios en diferentes lugares de Asia.

Pasé el paquete al abogado, quien lo recibió con manifiesto desdén y escepticismo. “Esto es un truco muy viejo y muy malo —licenciado Pereda— y no logrará nada más que empeorar su situación cuando demuestre que todo es un engaño”, me dijo, al tiempo que se lo pasaba a la señorita de minifalda, quien “ya sabía lo que tenía que hacer”.

El perito grafólogo dictaminó que la letra era igual a la de las muestras con las que había comparado las cartas, o sea, las cartas que yo guardaba y las firmas que aparecieron en algunos contratos y recibos que encontró el abogado, pero que no podía saber si eran de ella ya que a él no le constaba que las muestras fueran de Raquel. El grafólogo que contrató mi flamante abogado dictaminó más o menos lo mismo, pero hizo hincapié en que lo más seguro era que fueran de ella.

En cuanto a las fotos, ninguno de los peritos pudo determinar si eran auténticas o sometidas a algún procesador de imágenes y a lo más que llegaron fue a determinar dónde se habían tomado.

Decidido a desentrañar el caso, el abogado decidió viajar a Asia. Afortunadamente, era tan pretencioso que decidió no volar en avión de línea sino alquilar un jet para que lo llevara junto con la chica de la minifalda. Estaba por despegar para su largo viaje de investigación, cuando de un par de Humvees militares bajó un comando que comenzó a disparar sus R-15 contra el avión; los pilotos y algunos de los mecánicos contestaron el fuego, intervino un destacamento de la Marina que estaba de guardia en el aeropuerto y en el fuego cruzado cayeron el abogado y su asistente.

Investigaciones posteriores demostraron que “todo había sido un error”, que los soldados pensaron que el jet era de un narco importante que debían cazar y actuaron sin avisarle a nadie “para evitar filtraciones”. Los pilotos y mecánicos estaban armados para evitar asaltos y creyeron que los militares eran algún comando de narcos contratado por colombianos molestos porque a veces ellos hacían “algunos favores”, mientras que los infantes de Marina actuaron conforme a la normatividad.

Otro punto destacable del caso fue que a pesar de la balacera, solo murieron el abogado mientras que su asistente desapareció para siempre, mientras que entre los demás participantes únicamente hubo heridos más o menos sin importancia. Por cierto, poco tiempo después se filtró en los periódicos información acerca de “los negocios sucios” del famoso abogado.

Pero todo eso pasó hace casi dos años y yo puedo jurar por lo más sagrado que no tengo nada que ver.
Lo único que ahorame preocupa es el insomnio. Ayer me levanté y lavé con cloro las paredes del sótano, pues me parece que está oliendo mal de nuevo. Cuando los albañiles arreglaron la casa la primera vez, los convencí de que el olor era a causa de las ratas que quedaban atrapadas. Me ofrecieron limpiar el lugar, pero los convencí de que mejor lo tapiara, con lo que el olor desapareció… hasta hace unos días, cuando empecé a tener insomnio.

Creo que Raquel quiere salir y por eso no puedo dormir. En fin, tendré que traer otra vez a los trabajadores para que solucionen el problema, la verdad es que no me apetece tener que decirles a todos los parientes norteños de Raquel que sus sospechas estaban bien fundadas.