sábado, 14 de mayo de 2011

I was down

El cuento vendrá luego, pronto. Ahora, sólo el epígrafe:

People are strange when you're a stranger
Faces look ugly when you're alone
Women seem wicked when you're unwanted
Streets are uneven when you're down

(People are strange, The Doors)

lunes, 9 de mayo de 2011

Vamos, es por la paz

para Vale, mi hijita tan lejana


“Voy a ir a la marcha, ¿por qué no vas?”, me preguntó mi amiga Adriana por el chat. “¿Por qué no?”, pensé. Guardé una chamarra, un libro, varias plumas y una libreta en la mochila y me lancé hacia el monumento a la Revolución. Desde Pino Suárez iba atento para detectar señales de la marcha, pero entre los paseantes domingueros, parejas con hijos desesperados, señoras con mercancía para vender, montones de provincianas con acentos marcadísimos y unas muy improbables chicas que silbaban fragmentos de la Flauta Mágica de Mozart mientras subían las escaleras de la estación hablando de novios y chelas.

Camino hacia el monumento sorteando priistas que van a algún mitin, bien organizados, con sus gorritas y camisas rojas, que más que izquierdas a mí me suenan bastante fascistas, pero ellos están muy a gusto. En la loma que forman los cimientos porfiristas hay de todo, desde priistas retrasados hasta vendedores de juguetes. Un cadete del Colegio Militar se toma una foto con uniforme de gala, el olor a cagada de caballo me trae un poco de nostalgia del campo que cada vez siento más mío.

Estoy aturdido. ¿De dónde han salido esas indígenas chiapanecas con huipiles tan igualitos, como dice la gente normal? ¿Y esas hoces y martillos? No veo gente de la calle, vamos, ciudadanos sin organización. ¿Me habré equivocado? De repente, alguien conocido pasa junto a mí, entregando volantes. La llamo, me ve, nos abrazamos, me presenta con alguien: “dos de mis mejores amigos”, comenta.

Le pregunto si ella sabe qué ocurre, pero no tiene ni idea. Poco a poco los contingentes comienzan a formarse, algunos gritan consignas, pero los líderes les recuerdan “callados, compañeros, callados, hoy protestamos con el silencio.

Cruzamos Paseo de la Reforma bordeados por émulos de the fast and the furious pegados al claxon, como si de veras tuvieran algo muy importante que hacer un domingo al cuarto para la una de la tarde. Algunos en la marcha se miran nerviosos; otros, más curtidos, dan consejos:”péguense más, no dejen que se metan los coches”, porque como si alguien hubiera conjurado al estereotipo del chilango clase media alta imprudente, una SUV Suzuki nuevecita, negra, qué envidia, se mete entre dos contingentes cuando el segundo se retrasó un poco para cambiar de cargadores de una mojiganga muy bien hecha. El Suzuki se encaja entre un Atlantic ruinoso y una camioneta de 30 años que debían ir protegiendo “atrás de la retaguardia, compañeros, atrás, por favor”.

Pasamos por Gobernación, nos detenemos no sé bien para qué. Una señora pasa preguntando si nadie ha visto dos niños güeritos, “que deben estar por aquí”. Nadie los ha visto. Seguimos caminando, damos vuelta por Televisa. Poco a poco la marcha va tomando forma. Se suman contingentes, desde el grupo de prostitutas, muy jóvenes o muy viejas, con mirada de ya-estoy-harta-y-si-me-buscas-te mato-cabrón, con su pancarta en la que se niegan a tener dueño, hasta las monjitas muy jóvenes, que ríen entre nerviosas y decididas mientras que sus ojos revolotean.

Vuelvo a encontrar a Adriana quien toma fotos con pasión y entrega volantes a un grupo de franeleros que se incorporó y atajan autos con más efectividad que los policías, a bandita de punks góticos que se miran extrañados de que la mexicana-que-parece-hindú los tome en cuenta. Las minorías de las minorías, ni más ni menos. Ella acepta que le gusta dirigirse a estos grupos, pero que su target verdadero son los hombres lujuriosos. Y ríe al contar su ocurrencia.

Los dejo atrás, me adelanto al Eje Central, y me topo con los grupos que vienen del sur, de CU. Cada vez más grupos distintos, pero hermanados en el dolor de la pérdida, en la decisión de no tener miedo. Familias de ese norte que casi no imaginamos, el norte rural y duro, el del desierto, que vienen a pedir justicia por sus muertos; artistas que piden lugares de trabajo porque aseguran, sin fundamento, pero con fe, que “más cultura es menos violencia”.

La marcha es una fiesta, pero no una de esas fiestas suavecitas, con meseros. No, es una fiesta rural, de gente harta, cansada, que se siente feliz de estar junta, pero extraña demasiado a los que no están por una guerra, un gobierno, una situación que ni se entiende ni se controla. Una fiesta de color y música, pero también de ira no muy oculta, de manos dispuestas a formarse puños.

Una feria de manifiestos escritos, desde citas glosadas de un original erróneamente atribuido a Brecht “vinieron a matar campesinos, pero como no era campesino…” hasta la incoherencia retórica que plañe que si la “iglesia callará como perro “. ¿Callará como perro? Lemas desgarradores que reflexionan en que no todos somos poetas, pero que todo hijo es un poema, hasta la estupidez machista de pedir que “las putas nos gobiernen ya que sus hijos no pudieron”. Se mezclan las frases del Che, de Einstein, de Lennon, de Neruda. Frases de la imaginación popular, de la consigna política, del dicho de los niños, pero que hablan de lo mismo: del fin de la violencia.

Camino por Madero, me escabullo entre manifestantes y curiosos, entre turistas y policías. Unas mujeres reparten agua gratis y una de ellas pide: “al compañero policía también, él también tiene sed”. El policía recibe el agua con mirada de agradecimiento, no totalmente exenta de desconfianza. Tiene uniforme, claro, pero seguramente también una familia, sueños, ideales. Él también está en peligro.

Llego al zócalo. No hay demasiada gente. En un lado están los electricistas vendiendo aguas y tortas democráticas; en el piso se venden libros y parafernalia revolucionaria, muy años 60. Llego a un templete. Allí, una madre de familia del norte, otra vez ese norte, cuenta desde el fondo de sus entrañas del dolor que le causa la muerte de su hijo, de la impotencia de que nadie, ninguna autoridad, investigue siquiera. Se le rompe la voz varias veces, pero sigue firme.

Luego, un joven de Xenaló, superviviente de Acteal cuenta de manera tranquila sobre el trabajo de Las Abejas y de cómo los afecta la violencia. No grita, pero su voz firme nos recuerda agravios al tiempo que habla del Evangelio. Me alejo. Veo más recuerdos de Ciudad Juárez y la reflexión acerca de cómo los mexicanos no prestamos demasiada atención, vamos, no la suficiente, cuando fueron “nada más” mujeres las muertas.

Compro una tostada de haba, con frijoles, nopales y salsa; yo digo que son de Toluca y siempre me traen el recuerdo de mi madre, y camino la marcha en sentido contrario. La gente sigue llegando. Ricos y pobres; chilangos y fuereños; jovencitos asombrados o desmadrosos, mucha, mucha gente a la que le gusta vivir en paz, que como Víctor Jara, creen que eso es un derecho.

Una chica se pregunta dónde irá a parar toda la basura de la marcha, pero la verdad es que casi no hay tal. Hay gente recogiendo envases de agua o vasos, pero la mayoría de las personas no los están tirando al suelo.

Seguramente no fue la mejor de las marchas, seguramente se colaron oportunistas, sin embargo, hay una muestra representativa de toda la población, de que mucha, mucha gente, no quiere violencia. De que mucha, mucha gente, cree que el Gobierno es culpable de ella.

Los gritos de los vendedores, los desplantes ocasionales de algunos grupos que aseguran que hay que romper el silencio, no hacen más que enmarcar una protesta. Me alejo de los manifestantes sin pensar que abandono el acto. Vine como cronista y me di cuenta de que aunque termine oficialmente, esta protesta irá creciendo.

domingo, 1 de mayo de 2011

El Sol


Tlaltizapán es el Sol. Siempre que sales a la calle, que te asomas a una ventana, te encontrarás con una luz que abarca todo, que quema todo. De alguna manera, no es una luz que purifica, sino un brillo intenso y cruel.


Abro la puerta y, a pesar de esperarlo, el golpe de la luz solar me asfixia. Me sobrepongo, y aún deslumbrado, cruzo la Vicente Guerrero, una de las calles principales del pueblo (lo que convierte la casa en un lugar muy ruidoso pues siempre está transitado por vehículos que creen que siguen en la carretera) hacia el negocio de “La tatuajes” o “La chilanga”, una septuagenaria con la espalda ilustrada por recuerdos de los hippies mexicanos. El local se llama “Estética D’Silvia” y es un portento de horrores arquitectónicos.


La monstruosidad de ladrillos rojos, trabes y castillos de cemento, y ventanas de diversos tamaños, se alza hasta cuatro pisos de altura, lo que la convierte en la construcción más alta del pueblo, salvo la antena de Telmex. Una de las peculiaridades de esta casa es que los pisos superiores son más anchos que los inferiores, además que están construidos de manera que parecen una escalera de caracol. Seguramente algún temblor se encargará de regar esta casa sobre las de los vecinos, quienes además, se encuentran más abajo pues la calle ocupa lo que alguna vez fue un cerro, como casi todas las de Tlaltizapán.


Doña Silvia esconde, más o menos, otro secreto: de chilanga sólo tiene el haber vivido algunos años en alguna colonia del Distrito Federal, porque en realidad ella es oaxaqueña. Me asomo al salón de belleza pues siempre me fascina ver que su interior se corresponde perfectamente con el exterior. Sinceramente, no sé quién querrá embellecerse aquí, pero el hecho es que siempre hay clientela, aunque algunas veces, se trate de señoras que están en alguna de las múltiples cajas de ahorro a las que es adicta la peluquera.


Bajo hacia el centro, a tres calles de distancia, por la Independencia. Algunas calles están empedradas, otras tienen loseta, algunos más, adoquines. Llego a la esquina de la alameda, un rectángulo de unos 100 metros de largo por 60 de ancho, dividido en dos partes. En la primera, árboles frondosísimos albergan millones de pájaros, particularmente unos negros muy brillantes, que la gente de aquí llama urracos y yo urracas. Hay, también, un kiosko pequeñísimo que ahora es tienda de artesanías, y un teatro al aire libre, donde lo mismo hay bailables, que prédicas evangelistas, mitines partidistas o exhibición de películas.


La otra parte de la alameda está ocupada por una cancha de basquetbol muy grande, tal vez del tamaño de una de futbol, y un asta bandera que conmemora a los muertos durante un ataque carrancista a la población, que fue el cuartel general de Emiliano Zapata durante la Revolución. Incluso ahora, muchas de las familias tradicionales del pueblo están orgullosas de abuelos o bisabuelos que pelearon con “El jefe”.


El extremo norte de la alameda está delimitado por una serie de puestos de gorditas y pozole, abiertos por las mañanas; el extremo opuesto da a la carretera que lleva a Las Estacas, Cuautla, Jojutla y otras poblaciones.


Cruzo la alameda de forma sesgada pues quiero ir a la farmacia. Allí compro un remedio que necesito. El taquero del puesto local de “Los Gelas” (tacos regionales que se encuentran en Zacatepec y otras poblaciones) me saluda como si me acabara de ver ayer, aunque hace cuatro meses que no vengo por acá. Me acuerdo que tengo hambre y pido tres tacos de esa cecina tan diferente de la que hay en otros lados. Mi reciente experiencia como ayudante de taquería me hace ver con escepticismo los tacos, pero no importa, están sabrosos. Pido también un agua de horchata, pero esa todavía no la prepara un taquero muy joven y muy atarantado. Pido dos tacos más.


Paso con el peluquero, un soldado desertor que extrañamente sólo abre su peluquería cada tercer día porque los demás corta el pelo a militares en algún destacamento de la zona. Sus maneras son de militar, pero cobra muy poco y deja bien. Bueno, realmente para mis cortes, no se requiere de mucho conocimiento. Le preguntó cuando abrirá y me dice que el viernes. “El viernes nos vemos”, le respondo. Él tampoco se muestra extrañado de mi ausencia; más bien, la norma por aquí es que los hombres salgan “al Norte”, a la capital o a otros lados durante largas temporadas.


Subo por la calle del palacio municipal, del mercado y la primaria, lugares de los que hablaré luego, compro un litro de agua de alfalfa con Emma, y regreso a la casa, donde estoy solo casi todo el día, aunque tengo la compañía de los perros y, ahora, de dos gatos… y de ese Sol que parece guardar algún secreto.

sábado, 30 de abril de 2011

Judas

El discípulo atormentado, el traidor guardián del templo, abre una Pacífico y brinda “a tu salud, compita; a tu salud, carnal… a tu salud, mi señor, mi Divino Cordero” y la termina de dos tragos. Suspira, abre la guantera y saca su Colt M1911 con cachas de madera de guamúchil, la izquierda de árbol de Sinaloa; la derecha, de Morelos. La pone frente a su cara y jala el gatillo para que una bala full metal jacket impulsada a 243 metros por segundo lo mande a la oscuridad eterna del olvido.

domingo, 24 de abril de 2011

Sueños[o]Pesadillas I

Salgo a orinar al patio. Los perros ya se acostumbraron a mi presencia y siguen aovillados durmiendo su sueño que siempre parece fingido. La oscuridad me sobrecoge, no estoy acostumbrado a ella, lo mío es más bien el brillo enfermizo de las ciudades que te hace sentir como si estuvieras dentro de un tubo de luz de neón.

Alzo la vista. Miles, tal vez mucho más, de estrellas plateadas relucen sobre el negrísimo cielo. Distingo algunas constelaciones, pero como siempre, me clavo en el cinturón de Orión, o como ella le dice, “el soplador”.

La Luna de sonrisa me ve, cómplice de mis secretos.

Termino de orinar y regreso al lugar en el que duermo. Un viejo sillón, bastante maltrecho, es mi cama, prácticamente al aire libre. Sólo estoy separado del patio por una barda de carrizo de apenas metro y medio de altura, tal vez un poco menos, aunque sí estoy bajo un techo inclinado de láminas.

Me tapo con todos las cobijas que puedo, subo la capucha de la sudadera usada que compré hace poco para que me proteja de los mosquitos y trato de dormir. El silencio es casi absoluto, pero desde esta posición la oscuridad es menor. Alumbra mi rostro el farol de la calle, con una inmisericorde luz blanca, y se alcanza a ver la luz que se cuela por entre la enredadera que cubre el porche de la casa principal.

En cierta manera esta luz me consuela.

Los perros se inquietan, ladran y corren repentinamente. Puede ser cualquier cosa, desde un gato o un caballo, hasta un coyote que haya bajado de los cerros. Lo más probable es que sean otros perros, porque pronto regresan a sus lugares y vuelven a dormir.

Un burro rebuzna largamente a lo lejos. Parece como si se quejara por el trabajo que tiene que realizar o el maltrato que recibe, pero seguramente simplemente estará rebuznando porque es lo que sabe hacer.

El viento sopla y aviva los rescoldos en la estufa de leña que se encuentra en el otro extremo de la habitación y lleva el humo directamente a mi rostro. No me molesta, en todo caso me parece extraño, como casi todo lo que me rodea.