Periodismo, antifascismo, antiracismo, literatura, semiótica, lenguaje, música y algunas cosas que vayan surgiendo...
miércoles, 25 de enero de 2012
Celos II
lunes, 23 de enero de 2012
Caminata
lunes, 18 de julio de 2011
El sótano, versión completa
Ella estaba atrapada. Corría por los largos pasillos del sótano hirviente donde estaba confinada. Las penumbras, el humo y el calor la desorientaban. Corría hasta chocar con las rugosas paredes que le sangraban los brazos y la cara. Caía al suelo y lloraba. Se mecía los cabellos con los dedos sin uñas —las había perdido en sus múltiples choques contra las paredes y el piso— pero ni siquiera tenía el triste consuelo de echarse al suelo a sollozar, porque el piso estaba muy caliente y húmedo.
Se paraba temblando y volvía a correr. Una luz a lo lejos, una pequeña corriente de aire, la hacían concebir la esperanza de que pudiera haber una salida, pero no eran más que perversas artimañas que su captor, el dueño de esos sótanos, ideaba para hacerla sufrir más.
Ella se sentía culpable cada vez que pensaba en escapar. “Yo acepté venir”, pensaba. “Yo prometí quedarme”, se decía. “Si yo fuera buena, no me castigaría”, se recriminaba. Ella seguía corriendo. Alguien (que no podía ser nadie más que el amo del sótano) le metía el pie para que cayera, o abría intempestivamente alguna puerta para que se estampara en ella y las astillas de la madera podrida se le enterraran en la piel. Bella tenía hambre, pues comía sólo cuando él quería que lo hiciera, y eso sólo después de que ella le suplicara, le prometiera que será buena, que no lo haría enojar.
Pero él era El Hombre Desagradable. Le gustaba estar enojado, le gustaba que ella sufriera. La trajo desde un reino lejano, en un mundo distante, y la sedujo, la hizo creer que era poderoso, la hizo pensar que la amaba, la indujo a creer que lo necesitaba. Entonces, cuando ya era suya en todos los sentidos, él comenzó a torturarla.
Ideó múltiples formas, todas violentas, todas humillantes, todas dolorosas. Después, El Hombre Desagradable se ponía su traje de Persona Bondadosa y caracterizado, le explicaba largamente a la bella que él tenía que ser así por su bien, que se diera cuenta de todo lo que él la amaba, de todos los sacrificios que había hecho por ella.
Ella lo escuchaba y asentía. Entendía, entonces, por qué él le había tenido que cortar sus largas alas y por qué tenía que irle arrancando las plumas cada vez que empezaban a salir de nuevo; comprendía por qué había tenido que perder los ojos y en lugar de ellos, tener que usar esferas de acero que sólo le permitían ver lo que era apropiado para ella.
El Hombre Desagradable era astuto. No hay que negar que también era inteligente. Con los desconocidos, siempre vestía sus atavíos de Varón Encantador, de Profesional Inteligente o de Persona Poderosa. En realidad, vestía como le hubiera gustado ser. Aunque, tampoco podría negarlo nadie, también disfrutaba siendo El Hombre Desagradable. El dolor, cuando lo padecía su víctima, le parecía no sólo excitante, sino algo de lo más exquisito. Y a él le gustaba mucho disfrutarlo, tenía todo el derecho. Si a la bella le lastimaba, pues peor para ella, él tenía hambre y debía alimentarse.
El Hombre Desagradable era el peor de los vampiros. Comía dolor y se nutría de belleza y de alegría; de inocencia e inteligencia. Eso era lo que verdaderamente lo hacía sentir vivo, poderoso. Eso es lo que necesitaba de la bella cautiva.
Ahora, ella seguía corriendo, seguía cayendo, seguía sangrando. “¡Soy tan desgraciada!”, gritaba en silencio, para que él no la oyera y se enfureciera, y pensaba en extender sus alas grandes, magníficas —que ya no tenía— y volar hacia las lunas gemelas de ese mundo, aunque supiera que nunca podría alcanzarlas. “Al menos sería libre”, sollozaba la bella mientras adolorida se levantaba, una vez más, del asqueroso e hirviente piso del sótano.
II
Trovador cantaba historias de los diversos lugares que había conocido, historias de los mundos del azúcar, donde había dejado a su pequeña hija; de los mundos de altas torres de vidrio y platino en los que los mendigos se apiñaban bajo los puentes, pero sobre todo de los mundos de montañas verdes y brumas profundas que se habían convertido en sus favoritos.
Trovador iba de un lado a otro lleno de anécdotas y cuentos que cantaba ante públicos que le pagaban por ello, en un trabajo que no solamente le gustaba, sino que era todo para él. O casi todo, porque el contador de historias tenía un gran amor secreto. Amaba a la bella que había volado muy lejos. Esa no era una historia que contara, sino que guardaba en su corazón. Él creía, o quería creer como muchos, que la bella era feliz. O bueno, que si no lo era, al menos iba en camino de serlo, y eso mitigaba un poco la tristeza, el vacío que sentía desde que ella partiera.
Un día, Trovador estaba frente a una muchedumbre particularmente interesada en sus historias. La gente lo escuchaba maravillada, extasiada, era la mejor de todas las actuaciones de su larga vida. Trovador estaba como nunca antes, lleno de inspiración, de fuerza; de repente, a media frase, los ojos del músico dejaron de ver a su público. Podía ser un sueño, pero mucho más vívido, era una visión. Los ojos le sangraban, la cabeza le estallaba y salió corriendo, aullando; la multitud aplaudió enloquecida, pensaba que formaba parte de la actuación y después la comentarían durante años, pues fue la última del narrador.
Trovador corrió hasta las afueras de la villa. Allí se escondió entre las rocas, temblando. La visión había sido terrible, había visto a bella, pero no era la hermosa visión alada que él recordaba, sino una triste figura derrotada y sucia, que se arrastraba por el piso mientras lamía una repugnante masa viscosa del suelo, porque tenía hambre, pero sobre todo, porque eso excitaba a El Hombre Desagradable, lo hacía feliz.
El ángel blanco que era bella estaba manchado y sucio, con las alas ensangrentadas y rotas. Trovador no podía soportar esa visión, le traspasaba el alma, le llenaba el corazón de espinas. El artista padecía un dolor físico insoportable al contemplar tamaño sufrimiento, un dolor que partía del dedo anular de la mano izquierda, subía por la cara interna del brazo y se instalaba en la antigua herida que tenía en el corazón. Era un dolor más insoportable aún porque no le pertenecía, era un dolor que provenía de la bella.
Trovador era miedoso, no tanto como para que se le considerara cobarde, pero no era nada valiente. Trovador no era una persona de acción, sino más bien era del tipo reflexivo. Pero en ese momento, el contador de historias se dio cuenta de que tenía que ser otro. Rogó con toda su pasión al único Dios, al Dios-sin-nombre, para que le permitiera ayudar a la bella. Le rogó que le diera fuerza, que le diera recursos, y el Dios-sin-nombre sintió simpatía por el artista y decidió concederle la gracia que pedía. El Dios-sin-nombre lo convirtió en ave.
III
Trovador se transformó en un pajarito de plumas verdes y negras. Extendió sus pequeñas y débiles alas, y voló hacia el norte, hacia las tierras donde estaba la bella. Voló durante varios días, escondiéndose de lagartos voladores, halcones y gatos, hasta que llegó al Castillo del Sótano del Dolor. Desde lejos escuchó sus lamentos y supo, con la intuición que tienen los pájaros que alguna vez fueron humanos, que sólo él los podía escuchar, porque bella lloraba en silencio para no importunar a su señor, y entonces, él lloró con ella.
Dio vueltas por el lugar hediondo, repugnante, que era la mansión de El Señor Desagradable. Pudo haber sido un sitio hermoso, pero emanaba maldad, perversidad, como todas las casas de vampiros en todos los mundos conocidos. El aroma de la corrupción, de la degeneración es imposible de ocultar, aunque se utilicen las esencias más caras de este universo.
Voló alrededor del castillo hasta que vio una ventanita al ras de la tierra, casi oculta por la hierba y la basura. Se asomó por ella y vio a bella, tirada en un piso sucio, sufriendo el tormento de la sed, una nueva ocurrencia de El Señor Desagradable. La única agua disponible era una triste gota que escurría lentamente por la pared, una gota de agua marrón, pero seguramente apetecible para una garganta lacerada, para unos labios hinchados por la sed y el castigo. Bella se arrastra hasta la pared y se incorpora, temblorosa, con la lengua pegada a las sucias piedras para tratar de alcanzar la esquiva gota de agua sucia. En su rostro no queda ni asomo de esa sonrisa que hacía que las guerras se detuvieran, que las montañas cantaran.
Más tarde, bella mira con los ojos de acero que le regaló su señor hacia la mínima luz que se cuela por la ventana y susurra un “me quiero morir” tan profundo, que Pajarito —quien antes se llamara Trovador— está seguro de que ha provocado la pérdida de cosechas en más de 10 mundos cercanos, un dolor tan grave, que hace que cientos de mujeres de todo el reino reciten conjuros para alejar al mal de la melancolía.
Pajarito muere también un poco, pero sabe que tiene que ser fuerte, que debe hacer algo. Esa noche, luego de que El Señor Desagradable ha saciado todos sus apetitos con la dosis de dolor que le provoca tanto placer, la bella duerme un sueño intranquilo, plagado de serpientes que la devoran. La pequeña ave de plumas negras y verdes, sin embargo, puede meterse en ese sueño, se come a las serpientes y le canta suavemente a bella una historia sobre colinas verdes, osos que son perros y mujeres que escriben historias llenas de gracia. Por primera vez en mucho tiempo, y aunque sea en sueños, bella sonríe.
Todas las noches, a partir de esa, la prisionera escucha cantos con historias y aventuras, que poco a poco le hacen recordar que ella también tiene el poder de reconfigurar la realidad y crear universos nuevos. Pero sabe que debe ocultar ese poder, pues si su señor se entera, hará lo imposible por destruirlo… o peor aún, la convencerá de que ella sea quien lo destruya.
Con frecuencia, cuando la bella se arrastra a su triste camastro para tratar de evadirse del dolor que siente, encuentra pequeñas flores con aromas de melodías fantásticas que la trasportan a lugares encantados; también, de cuando en cuando, encuentra pequeños frutos azules, rojos y morados. Cuando los prueba, deja de tener miedo y vuelve a recordar que ella también puede inventar mundos, hacer que las realidades múltiples se conviertan no en una posibilidad, sino en un hecho. Los regalos son muy humildes, ¿de qué otro tipo podría ofrecer un pajarito? No se comparan con los poderes de El Hombre Desagradable, pero le ofrecen consuelo, quien se siente querida y eso la hacer fortalecerse lentamente.
IV
Pajarito se lamenta: “¡Qué poquito puedo hacer!”, pero es un ave muy terca y sigue esforzándose todos los días con sus historias, con sus humildes regalos. Pajarito puede hacer algo más: quitar piedrecitas y arena de una de las paredes del castillo. Escoge una cercana a la base y comienza todos los días con su trabajo. El pico le sangra, los otros animales se burlan de él. "Mira, ese tonto cree que podrá hacer un nido en la piedra", le dicen los ratones. "No, no, cree que la tierra se come", grita un cuervo; "está embrujado, la bella lo tiene trabajando como tonto cuando él nunca ha sido importante para ella", susurran las hormigas todos los días. Pajarito los escucha, pero no les hace caso, a él nada le importa que no sea liberar a bella para que pueda extender sus alas, pero no para volar hacia las lunas gemelas, sino hacia el sol.
Y todas las noches, cuando está muy oscuro para trabajar, se sigue acercando a la minúscula ventana de la habitación de bella y si no está El Hombre Desagradable, la canta suavecito sobre planetas dorados y verdes, y bella entonces recuerda que existe otro mundo y sueña. Ahora, cuando bella sueña se abren ventanas a las diversas realidades; Pajarito sabe que esto es importante, pero debe lograr que ella pueda ver la luz del sol y entonces, cree una realidad que le permita volar, que haga que sus alas renazcan.
El Hombre Desagradable está intranquilo y cuando las cosas no le gustan, bueno, también cuando le gustan, reacciona violentamente. Aumentan los castigos y vejaciones sobre bella, a los que intercala lamentos cursis y canciones ramplonas que hablan en tonos que parecen amenazas, de amores eternos, de relaciones que durarán toda la vida, en el placer que el hombre encuentra al tener una mujer enamorada a su disposición.
El tiempo pasa de esa manera que siempre es terrible; muy lento en la espera, rapidísimo en el goce. Por fin, un día mientras bella corre por el sótano, un día particularmente malo, Pajarito logra abrir un hueco en la pared. Pronto, el hueco se va haciendo más y más grande. Bella ve la luz. Tiene miedo, puede ser una artimaña más de El Hombre Desagradable, pero escucha que alguien la llama, un pajarito de plumas verdes y negras. Ella se acerca temerosa y ve el hueco.
“¡Apúrate, bella, apúrate! No tenemos mucho tiempo, sabes que si El Hombre Desagradable te ve, caerás nuevamente bajo su influjo”, le dice Pajarito. Además, toda la pared está por derrumbarse. Bella sale y ve el sol. La luz la deslumbra, la embriaga. “¿Cómo pude haber permanecido en el sótano tanto tiempo?”, pregunta sobre todo a sí misma. Pero la respuesta es lo de menos, ella está casi libre.
Bella abre sus alas que han crecido conforme va saliendo y vuela hacia la luz. Pájaro la ve desde el suelo, ve el ángel blanco y hermoso que siempre ha guardado en su corazón, y llora de alegría. Quisiera volar con ella, pero no puede hacerlo porque las piedras que caen lastimaron sus alas. Mira cómo bella vuela hasta casi perderse de vista. Entonces, ella voltea y lo llama. "Voy —responde Pajarito—, ahora te alcanzo". Bella sigue volando y no ve que pájaro queda atrapado entre las piedras, pero el Trovador que es ahora Pajarito está feliz.
jueves, 2 de junio de 2011
Lázara
I want you so bad
I want you
I want you so bad
It's driving me mad
It's driving me mad
(de The Beatles, pero en la versión de
Anderson, Fuchs, Carpio)
Siempre me ha dado miedo dormir solo. No es que no me guste, es miedo. ¿A qué? No estoy seguro. Tal vez a no despertar, tal vez a enfrentarme a los terrores que habitan en la noche. No sé, ni pienso ir con un psicólogo para averiguarlo. Simplemente me da miedo, punto. Por eso muchas veces he enamorado desconocidas para que me acompañaran y durmieran conmigo. Literalmente. Por eso, también, muchas veces más pagué a jóvenes y maduras por unos minutos de sexo y por horas de compañía nocturna.
Ahora no lo hago más… bueno, casi nunca. Ahora prefiero la compañía de Lázara. No me importa que huela mal, que se quiera apropiar de toda la cama y que cuando come de más se tire los pedos más asquerosos que uno se pueda imaginar. La prefiero porque sé que ella me acompaña porque quiere y me cuida porque se le da la gana. A cambio, sólo tengo que rascarle su cabezota llena de pelos rubios, darle agua y comida… y destinarle el asiento trasero de la doble cabina para ella.
Lázara, por supuesto, es una perra; de hecho, es una perra grande, amarilla, sin raza definida. La encontré hace años en una gasolinería. Unos tipos más ociosos que borrachos tenían acorralada a la perrita de unos tres meses entre un refrigerador viejo de cocacola y la pared. Ella les gruñía y les enseñaba los dientes.
Mi “dejen esa perra, cabrones” no les impresionó. Voltearon a verme, me midieron y supusieron que no enfrentaba demasiado riesgo para ellos. Al fin eran tres y tenían palos y una navaja. “Mejor primero te abrimos a ti, puto”, me respondieron. Realmente lo hubieran podido hacer cagados de la risa, si en la mano derecha, oculta por la chamarra, no hubiera traído lista para usar uno de mis amuletos: una Smith&Wesson calibre .38. No gran cosa, pero suficiente para destrozar las rodillas de los dos primeros cabrones antes que supieran de que iba ese baile. Me confié un poco y no me di cuenta que el tercero, por puro pánico, se me aventó y la navaja me abrió un tajo de 10 centímetros en el antebrazo izquierdo.
Yo soy putísimo para el dolor y esa cortada me dolió de a madres, así que ya no disparé a las piernas, sino que los dos tiros restantes fueron al cuerpo del idiota con la navaja. Pobre güey, no andaba de suerte y los tiros dieron en el hígado. La sangre casi negra lo indicaba, como me había explicado una vez Edgar, a quien los soldados habían atrapado en un baile en no sé qué pueblo de Centroamérica y había pasado tres años como soldado regular peleando en montañas selváticas asquerosas, y se había vuelto experto en muertes cruentas y dolorosas.
Mientras el herido en el hígado se quejaba quedito, los otros dos me miraban asustados. Y con razón. Las situación se había salido de cualquier control y no podía dejarlos vivos, no era saludable, no tanto por temor a una policía que probablemente jamás aparecería, sino por la venganza de sus amigos de alguna mara local al reconocerme, así que les corté el cuello con mi cuchillo victorinox de caza. El filo de 15 centímetros resultó misericordioso, pues el tajo fue rápido. El otro tipo no tardaría en morir, cuando mucho, le quedaban 20 o 25 minutos, así que lo dejé para que reflexionara sobre su vida.
Me vendé el brazo y recogí a la perrita, que se dedicó a lamer la sangre que rezumaba de las vendas y a llenarme de pulgas. La herida me dolía mucho, pero no era cosa de ir al primer doctor, así que subí a la camioneta, puse a Lázara en el asiento trasero –desde el primer momento se apropió tanto del nombre como del lugar-- y manejé 248 kilómetros por el desierto hasta llegar a otro estado.
Allí busqué un veterinario del que me habían platicado. Era bueno, pero le gustaba demasiado el trago y el dinero fácil. Y tenía prioridades muy claras. Primero atendió a Lázara, la bañó, desparasitó, espulgó, le dio vitaminas y la vacunó contra mil enfermedades; sólo después que terminó, me inyectó con una jeringa monstruosa antivirales de amplio espectro, penicilinas de tercera generación y me puso una anestesia local tan potente que me hizo pensar en canciones de Jerry García. La costura de la herida no fue una obra maestra, pero ahora está más o menos oculta por un tatuaje de figuras que asemejan el infinito que se desdobla, pero que en realidad son otra cosa, en honor de una de las personas que me mantienen con vida.
Le pagué el veterinario casi mil dólares y una botella de Jack Daniel’s. Él, a cambio, me dio una bolsa grande de eukanuba para cachorros, un collar con exvotos de la santa muerte, malverde, marx y jim morrison para Lázara y nos dejó más o menos sanos. Ah, y nos permitió dormir en su recámara una semana, mientras él se iba a gastar al otro lado de la frontera el dinero ganado.
Han pasado cuatro años y no nos ha ido mal. Yo sigo teniendo miedo a la noche, pero Lázara lo sabe y me acompaña. Es un buen arreglo, mejor que cualquier otro que hubiera podido imaginar.
sábado, 30 de abril de 2011
Judas
El discípulo atormentado, el traidor guardián del templo, abre una Pacífico y brinda “a tu salud, compita; a tu salud, carnal… a tu salud, mi señor, mi Divino Cordero” y la termina de dos tragos. Suspira, abre la guantera y saca su Colt M1911 con cachas de madera de guamúchil, la izquierda de árbol de Sinaloa; la derecha, de Morelos. La pone frente a su cara y jala el gatillo para que una bala full metal jacket impulsada a 243 metros por segundo lo mande a la oscuridad eterna del olvido.
domingo, 24 de abril de 2011
Sueños[o]Pesadillas I
Salgo a orinar al patio. Los perros ya se acostumbraron a mi presencia y siguen aovillados durmiendo su sueño que siempre parece fingido. La oscuridad me sobrecoge, no estoy acostumbrado a ella, lo mío es más bien el brillo enfermizo de las ciudades que te hace sentir como si estuvieras dentro de un tubo de luz de neón.
Alzo la vista. Miles, tal vez mucho más, de estrellas plateadas relucen sobre el negrísimo cielo. Distingo algunas constelaciones, pero como siempre, me clavo en el cinturón de Orión, o como ella le dice, “el soplador”.
La Luna de sonrisa me ve, cómplice de mis secretos.
Termino de orinar y regreso al lugar en el que duermo. Un viejo sillón, bastante maltrecho, es mi cama, prácticamente al aire libre. Sólo estoy separado del patio por una barda de carrizo de apenas metro y medio de altura, tal vez un poco menos, aunque sí estoy bajo un techo inclinado de láminas.
Me tapo con todos las cobijas que puedo, subo la capucha de la sudadera usada que compré hace poco para que me proteja de los mosquitos y trato de dormir. El silencio es casi absoluto, pero desde esta posición la oscuridad es menor. Alumbra mi rostro el farol de la calle, con una inmisericorde luz blanca, y se alcanza a ver la luz que se cuela por entre la enredadera que cubre el porche de la casa principal.
En cierta manera esta luz me consuela.
Los perros se inquietan, ladran y corren repentinamente. Puede ser cualquier cosa, desde un gato o un caballo, hasta un coyote que haya bajado de los cerros. Lo más probable es que sean otros perros, porque pronto regresan a sus lugares y vuelven a dormir.
Un burro rebuzna largamente a lo lejos. Parece como si se quejara por el trabajo que tiene que realizar o el maltrato que recibe, pero seguramente simplemente estará rebuznando porque es lo que sabe hacer.
El viento sopla y aviva los rescoldos en la estufa de leña que se encuentra en el otro extremo de la habitación y lleva el humo directamente a mi rostro. No me molesta, en todo caso me parece extraño, como casi todo lo que me rodea.