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miércoles, 1 de junio de 2016

Siberia



El viento arrastra nieve pulverizada y carbón que se pega a mi abrigo, a mi gorra, a mi mochila. Hace frío, mucho, y seguramente cuando anochezca será peor, y así por unos cuatro mil o cinco mil kilómetros. Estoy aquí, solo, esperando que llegue el último tren a Siberia.

Ya he estado allí y la detesto, pero en estos meses me he dado cuenta de que es el único lugar seguro para mí, y para los demás. Por eso, espero en esta estación casi abandonada a las afueras de un Moscú fuera del tiempo para llegar hasta las heladas tundras de la lejanía.

Llega el tren.  La máquina gruñe y bufa, se queja y por fin se detiene. El tren largo, de madera, viene de una época ajena. La nieve arrecia, pesa sobre los hombros; puntos de carbón encendido revolotean y amenazan meterse a los ojos.

Subo al vagón, me acomodo en mi compartimiento. El tren empieza a caminar. Atrás de mí, el último atardecer de la historia prende de rojos y amarillos el cielo y poco a poco va disolviéndose en el azul oscuro de la noche.

Ya voy camino a Siberia.


No existo

La veo mientras platica. Miro como mueve los ojos, como señala con las manos, la forma en que sus labios se fruncen para pronunciar las “o”; creo que es bella, sé que es inteligente. La veo, pero ella no puede verme. En realidad, nadie puede verme. Floto por los lugares más ligero que la brisa, casi completamente incorpóreo.

Para fines prácticos no existo.

Solo estoy en el tiempo viendo pasar la vida. El mundo que da vueltas, la gente que tal vez en alguna otra realidad pude haber querido, u odiado. Soy invisible e inasible, pero lo miro todo, lo pienso todo.

Solamente soy inexistencia.

Me alimento de los restos de pensamientos que la gente va dejando a su paso por la vida, de pequeños desperdicios de sentimientos, de planes e ilusiones que casi siempre terminan por olvidarse, languidecer y convertirse en polvo.

No existo desde hace milenios.

Otra vez la miro. Su sonrisa es especial, única. Aunque no sea feliz, busca esa felicidad que solamente conocen algunos perros bobos que persiguen las moscas a mordidas mientras se aburren las tardes soleadas. Al igual que esos perros, ella quiere ser feliz porque existe, y ese es el único secreto. Ella no lo sabe, aunque tal vez lo intuya.

Tampoco sabe que no existo.

martes, 19 de marzo de 2013

Sirena




La otra noche estuvo lloviendo. El viento soplaba tercamente desde el mar, mientras que los rayos iluminaban ocasionalmente. Como a medianoche terminó la lluvia y, a pesar del mar inquieto, a mí se me ocurrió salir a pasear por la playa.

Muchas veces tengo esos impulsos que me llevan a hacer cosas imprudentes, incluso peligrosas, pero sobre todo, absurdas, como si tuviera que demostrar algo o pagar alguna apuesta adolescente.

Las perras dormían en los sillones y daban vueltas siguiendo sus sueños repletos de olores y rascadas de panza y a pesar de que las llamé, prefirieron ignorarme. Solo la más vieja gruñó un poco, como reclamándome que tuviera la imprudencia de querer sacarla de la tibieza del sueño al frío y la humedad, pero pronto se volvió a dormir.

Me puse el impermeable y un sombrero y salí a la brisa. Ahora que no caían rayos no se veía gran cosa y tampoco era fácil caminar por la arena mojada y revuelta, pero logré alejarme lo suficiente como para que la casa se fuera convirtiendo en un resplandor lejano, tal vez como se ve el Sol desde las lunas de Neptuno.

Entonces, escuché un murmullo. Parecía una mezcla entre el maullido bajito de un gato sin esperanza y el llanto de un niño enfermo. Busqué con la lámpara el origen de ese sonido tan lleno de tristeza, aunque con un dejo de promesa de tiempos mejores. Lo encontré a pocos metros; recargada en uno de esos maderos viejos que a veces traen las olas. Era, claro, una sirena, con su larga cola de pez extendiéndose hasta el mar y el pelo enmarañado cubriéndole el cuerpo humano.

Cualquiera sabe que las sirenas son extraordinariamente peligrosas y perversas, que hay que mantenerse alejado de ellas y que si te vas a acercar, que sea para matarlas, sin remordimientos, porque su única función es alimentarse del alma de los viajeros extraviados. Cualquiera la sabe, pero hay una enorme distancia entre saber y hacer los ensato, así que, lentamente, me fui acercando a la sirena.

Me saludó con ese tono persuasivo que desde hace miles de años ha condenado a personas mucho más rudas que yo. Con la mente, más que con los oídos, escuché sus historias y sus promesas. Vi una vida perfecta, me vi perfecto y dispuesto a entregarme a ella, hasta que el aullido lejano y ansioso de mis perras me distrajo.

Entonces pude ver el rostro deforme, formado por tiras colgantes de piel podrida y algas verdosas, repleto de pequeños cangrejos que se alimentaban de los despojos. Olí su aliento muerto y miré el fondo de sus ojos sin vida.

Di un paso hacia atrás. Desde que vivo junto al mar llevo siempre conmigo un cuchillo para abrir los pescados que comemos, así que lo tomé y se lo enterré en el cuello, sin reflexionar en nada.

La sonrisa llena de dientes como agujas de la sirena ocupó todo el mundo mientras que un chillido lleno de odio y agonía hizo sangrar mis oídos. La bestia se escurrió hacia el mar, pero antes de perderse entre las olas, clavó su mirada en mí. Aún tenía el cuchillo en el cuello, pero qué difícil es matar a quien no tiene vida.

Regresé a la casa. Allí me recibieron las perras, con una mezcla de cariño y reproche por mi imprudencia.

Han pasado ya varios días desde mi encuentro con la sirena y no me siento bien.  No puedo dormir en las noches por la fiebre y los días los paso en una duermevela neblinosa y confusa. Casi no como y lo único que hago es acurrucarme en un rincón envuelto en una cobija. Las perras no se me acercan, me miran de lejos y emiten leves quejidos.

Yo revivo las promesas de la sirena mientras que con la mano derecha hurgo la herida putrefacta en el pecho que me dejó la mordedura que me alcanzó justamente cuando le clavé el cuchillo.



martes, 30 de octubre de 2012

Inversores


Un par de huevos fritos, quemados y aceitosos, se enfrían en el sartén eléctrico acomodado precariamente sobre la estufa. Miguel tiene hambre, pero no se anima a probarlos. No se ha bañado, ni piensa hacerlo. No ha pagado el gas y ni loco se dará un regaderazo con agua fría.

La barba rala, pero suficientemente crecida luego de cinco —¿seis, ocho?— días afea su no precisamente agraciado rostro; unas bermudas hasta las rodillas, Converse sin calcetines con las agujetas desamarradas y camiseta del Real Madrid que huele a sudor rancio tampoco lo califican precisamente como modelo de GQ.

Mira la pantalla de la computadora. Allí, unos pájaros enfurecidos esperan ansiosos a que los lancen mediante la resortera para destruir marranitos verdes. La señal roja le avisa desde hace rato que tiene un mensaje pendiente: un saludo de Nora en el Face:

Hola Miki, q haces????

Él le respondió hace como cinco minutos.

Aguántame un poco preciosa, estoy a punto de entrar en una junta!!!

“Qué junta ni qué nada. Pero de pendejo le digo que estoy acá en la casa sin hacer nada y menos ahora que se jodió la chamba en Guadalajara. ¡Puta! No tengo ni para pagar la renta, bueno, ni para comer otra cosa que estos pinches huevos”, murmura mientras picotea con el tenedor la comida que él mismo preparó y de paso, raspa la cubierta antiadherente del sartén.
Mientras mordisquea el huevo, sigue con Angry Birds. Tiene la tercera puntuación en el torneo de la semana y cree que podrá mejorar.

Miki Miki, contesta anda.

Otro mensaje de Nora. “¿Ahora qué quiere? ¿Burlarse de mí solo porque tiene un buen trabajo? Gana un chingo, pero eso sí, como a todas las viejas, hay que pagarle la comida, las chelas, los condones. No sé para qué les pagan tanto a si ni gastos tienen”, murmura nuevamente y se atraganta el huevo que está comiendo. “¡Puta madre!”, exclama luego de escupir el bocado.

Anda Miki vamos a comer!!!

Por supuesto que no va a aceptar.

No puedo, preciosa. Perdóname!!! Fíjate que tengo una junta bien importante al rato, una comida de trabajo, estoy viendo unos inversionistas que quieren montar un estudio de fotografía de alto nivel, top, ya sabes, y pues conocen mi trabajo y se fijaron en mí.

Me comunico la semana que entra. Ya sabes, un coffee o unas chelitas, ya sabes, yo te invito. Besos!!! Preciosa.

Responde y se desconecta. No quiere seguir dando explicaciones. Además, si se apura puede alcanzar abierta la casa de empeños. Seguro, con lo que le den por la cámara le alcanzará para comer un par de días, darse un baño y echarse un bingo en Caliente. Con suerte y ahora sí gana algo más que puntos virtuales en la computadora.

viernes, 8 de julio de 2011

Hambre

El sonido espeso y dorado chorrea por los vidrios que dan al oriente. El sol de la mañana brilla con esa luz pesada y sonora que caracteriza esta época del año; por el poniente, las dos lunas que giran una en torno de la otra corren a esconderse tras las montañas.


Los insectos metálicos compiten con los otros insectos para llenar el ambiente de zumbidos, mientras que las flores carnívoras los devoran indistintamente y los pelean a las lagartijas voladoras.

El hielo de la noche se quiebra con crujidos lavanda y amarillos que llenan las bocas con un sabor a leche azucarada. Los lagartos corredores se remueven nerviosos en los establos ansiosos de sus ratones y pastura.

Los siervos de piel verdosa despiertan hambrientos y con frío. Para ellos, el sabor de la leche es agria y la luz agrega peso a sus cargas. Tampoco los soldados están contentos; velaron toda la noche para mantener alejados a los espectros violeta y sus gemidos que convierten los huesos en cristal y la voluntad en trapos mojados.

El nuestro es un mundo triste. Que nadie se engañe con los brillantes rayos sonoros que cruzan el cielo verde-azulado, ni nuestras brillantes bailarinas nocturnas que llenan de plata las hojas de los helechos todas las noches. La tristeza está en todas partes.

Así como los sembradíos de esa bruma morada que sirve para tener sueños dulces están llenos de arañas que pueden comerse a una persona en un par de minutos --después, claro, de haberlas mantenido dos meses en un capullo sufriendo dolores indecibles cada segundo--, todas las bellezas de ese mundo guardan penas.

A las brujas les gustan las lágrimas, y las brujas gobiernan nuestro mundo. Se nutren con el llanto de cada ser vivo, rejuvenecen con los lamentos, se embellecen con la pena y nuestras brujas son las más hermosas de todo el universo.

Los que estamos aquí estamos solos; los que estamos aquí, estamos cumpliendo una pena de por vida. Esta es mi prisión, desde hace 400 años y lo será por otros 400… cuando menos, pues eso calculan las máquinas que me pueden conservar con vida.

No puedo salir de este mundo, así como tampoco puedo olvidar.

Extiendo las alas para que las golpee la luz. Las venas plateadas se llenan de seudosangre, los músculos se fortalecen y los huesos huecos de fibra de carbono se alistan. Alzo el vuelo. Miro los campos con su engañosa paz y sigo subiendo hacia la esfera solar. No hay nubes y puedo ver hasta el fin del mundo.

Ajusto mis ojos para ver el suelo. Tengo hambre, mucha hambre, y busco algo con lo que me pueda alimentar. Algo fresco, algo vivo…

domingo, 3 de julio de 2011

Nubes

Las nubes cubren ya la mitad de los cerros, a veces, incluso más abajo; parece como si el cielo se fuera comiendo poco a poco los montes. El refugio está en el valle. Yo creo que no aguantaremos más de dos días, pero los perros-exploradores creen que soy optimista, que no nos queda ni uno. Gruñen y refunfuñan, se tiran mordidas y esperan instrucciones. Claro, si estas no llegan pronto, terminarán por hacer lo que mejor les parezca. Yo creo tendrían más oportunidades así, pero tengo que guardar las apariencias. Se supone que yo estoy al mando.

Con las nubes llegará la muerte, o algo por el estilo. El último de los chimpancés-guerreros regresó enloquecido de la carga que organizaron para llegar a la cima del monte más alto, hartos de lo que ellos calificaban “miedo patológico” y yo consideraba “prudencia”. Apenas logramos entender que no se adentraron mucho en las nubes, no más de 100 o 200 metros. A partir de eso, todo es confuso.

Lanzamos abejas electrónicas y libélulas mágicas. Todas llegaron hasta el borde de las nubes, revolotearon tontamente y regresaron. Después, simplemente se negaron a volar. Ni una pizca de información se pudo obtener de ellas.

“Eso nunca había pasado, es malo, muy malo”, maullaron los gatos-magos, que generalmente lo único que logran es asustar a los demás pensantes, y corrieron a esconderse en el tejado supuestamente a idear conjuros, pero lo más seguro es que simplemente se refugiaran para temblar de miedo y comer pajaritos sin que nadie los viera.

La verdad es que no tengo la menor idea de qué hacer. Dicen los otros humanos que estoy hechizado, que desde que Blela del Rus me abandonó, no soy el mismo, que suspiro por los rincones y lánguidamente espero la muerte.

Al menos, supongo que eso es lo que dicen, pues no se atreven a hablarlo de frente, no con mi guardia de sargentos robóticos funcionando en alerta máxima, pero lo veo en sus miradas, ya sean tropas de asalto, programadores o simples operarios manuales. Me desprecian, pero me temen. Mala combinación.

Lo peor es que tal vez tengan razón. Incluso, creo que yo soy quien genera esta niebla. Los cerros brillaban verdes y dorados como siempre hasta hace unos cuantos meses cuando Blela del Rus decidió extender sus amplias alas y volar hacia el desierto, en busca de no sé qué quimeras como las que persiguen todas las personas que llevan su maldición. Ese mismo día aparecieron las nubes.

En ese momento no les puse atención. Estaba herido y quería hacer mal, dañar a quien se pudiera, y organicé sangrientas batallas contra pueblos del norte y del este. Los soldados-chimpancé destrozaron cuantos cráneos quisieron, tuvieron tantos a su disposición, que llegó a verse --seguramente los mercaderes han esparcido ya esta historia increíble por todo el mundo-- que perdonaban la vida a muchos.

Los soldados-humanos violaron y quemaron docenas de pueblos. No tengo corazón débil, soy de estirpe guerrera, pero toda esta violencia no sólo era inútil, sino que iba dirigida contra el eje de nuestro modo de vida, como una manera terrible de hacerme daño. Cuando reaccioné ante tal iniquidad de la que sólo yo soy culpable, mandé traer de regreso los ejércitos y sólo el poder de las púas neutrónicas emitidas por mis programadores logró que se encerraran en sus cuarteles.

Durante semanas, los tristes lagartos voladores se llenaron de carroña y los ríos siguen teniendo el gusto metálico que deja la sangre. Eso no calmó mi dolor; por el contrario, me sumió en la melancolía. Mientras, las nubes seguían bajando. Dejamos de tener noticias de los otros pueblos, de los pocos que se habían salvado de la muerte causada por mis ejércitos.

Algunos se salvaron por suerte; otros, porque se defendieron bien, unos cuantos porque pudieron negociar con los atacantes. Sin embargo, la voz de todos se fue apagando. Cada vez llegaban menos mercaderes, y siempre hablaban de la niebla que todo se come.

Escucho ruidos. Los gatos-magos convencieron a los soldados humanos, a muchos de los programadores y con ellos, a casi todas las máquinas de defensa, a salir. No creo que sea una buena decisión, la niebla ya lame las murallas de la villa. Abren la puerta, caminan unos metros y desaparecen de la vista. Los gritos que alcanzamos a escuchar me hacen sospechar que no sólo dejaron de verse.

Me asomo al balcón y miro lo que resta de mi mundo. Unos cuantos humanos desconcertados y un puñado de perros fieles. Las nubes ya están dentro del pueblo. Se van comiendo todo. Ya sé quién es esa niebla y le doy la bienvenida, porque esa niebla es el olvido. Me sumerjo en él.

jueves, 30 de junio de 2011

Soy lluvia

La lluvia golpea las paredes de la casa, las hojas de los árboles, el piso y el techo de lámina. Al principio, el ruido es molesto, pero poco a poco uno se va acostumbrando a él.


Como las absurdas cargas de infantería de la primera guerra, oleada tras oleada de gotas intentan vencer la resistencia de ladrillos, metal, madera y vidrio, con la ciega certeza de los generales de que tarde o temprano vencerán la resistencia, siempre y cuando sea posible sacrificar miles de atacantes.

Acostado en el sillón, enfundado en la bolsa de dormir que utilizo para ahorrarme cobijas y sábanas, escucho la lluvia. Cuando se oye sin cuidado, el sonido parece rítmico; si se le pone atención, uno se va dando cuenta de las diferentes cadencias, de los sonidos individuales que hacen las gotas al reventar, del susurro de los meandros que se escurren por las paredes, del sisear de los minúsculos arroyos que se hunden en la tierra.

El agua se cuela por las uniones de las láminas, por pequeños agujeros. A veces, me caen gotas en la cara, en el cuerpo. Poco a poco, las palabras que se ocultan en la lluvia van entrando en mi cuerpo, van poseyendo mi alma. Veo los inmensos palacios de cristal habitados por los seres del agua y las pequeñísimas perlas de vidrio con las que las arañas tejen sus telas, floto en los fríos torrentes que circulan entre las cavernas de diamante del fondo de la tierra, mi mente se disuelve, los recuerdos por fin se van deshaciendo, por fin me van liberando.

El agua y yo somos uno. Fluyo con ella. Lentamente, empapo la bolsa de dormir y chorreo hasta formar un charco debajo del sillón, en la esquina de la habitación. Algún día, alguien entrará en el cuarto, y sólo si es muy perspicaz, se dará cuenta de un ligero olor a humedad, lo único que quedará de mí en el mundo lejos de la lluvia.

miércoles, 1 de junio de 2011

Añoranza

Está lloviendo. Es la primera lluvia en no sé cuánto tiempo. El agua cae con fuerza, empapa el piso arenoso, moja las paredes resecas de la casa y despierta ciertos olores que yo suponía olvidados o, al menos, lo suficientemente escondidos para hacerme a la idea de que ya no existían.

Los perros estuvieron mirando recelosos la lluvia durante largo rato; después, se gruñeron un poco entre ellos y al final, se durmieron, aunque tienen sueños intranquilos que los hacen gemir y llorar suavecito .

Yo también miro la lluvia con recelo. Ya no me gusta que llueva, porque me recuerda cuando hacíamos el amor y yo me deleitaba lamiendo tu sexo durante horas, siempre me pareció que sabías a lluvia.

Y, ahora que llueve, vuelvo a pensarlo.

Ya sé lo que me dirías: ¡Qué ridículo eres! ¡De veras que no sé de dónde puedes sacar tanta mamada! ¿Qué tiene que ver la lluvia conmigo o con lo que te imaginas? Luego te reirías mucho, y seguramente terminarías contagiándome la risa, porque a pesar de todo, te gustaba que te convirtiera en lluvia, y a mí siempre me gustó tu risa.

Bueno, creo que todavía me gusta. Es lo bueno de saber que las relaciones no son para siempre, que tienen fecha de caducidad. Así estamos bien… bueno, casi siempre, salvo estos momentos en que llueve y la boca se me llena de tu sabor.

Los perros están cada vez más nerviosos. No creo que tarden en despertarse; ellos nunca te quisieron demasiado, ni tú a ellos. Tal vez la lluvia también les haga acordarse de ti.

Sólo espero que no se les ocurra salir a rascar la tierra mojada. Capaz que en una de esas te encuentran y no creo que fuera algo demasiado agradable para ninguno.

jueves, 26 de mayo de 2011

El fin del mundo

I

Hay días en que ni toda la inteligencia, ni toda la experiencia, ni toda la vida alcanzan para explicar por qué uno se siente estúpido, por qué nada de lo que se hace tiene sentido. Tengo dos horas en Buenos Aires. El hotel Colón, tan europeo, con vista al obelisco, será mi refugio durante algunos días.

Hace unas horas me parecía que venir aquí era una opción lógica, inteligente. Ahora ya no estoy tan seguro. Atrás se quedaron demasiadas cosas, desde la camioneta en el carísimo estacionamiento del aeropuerto de la Ciudad de México, las luces prendidas en la casa de Jerez, hasta venir sin avisarle a nadie, sin dejar mensajes.

El celular se quedó en un bote de basura en el aeropuerto de San José, entre envoltorios de hamburguesas y papas; por 15 dólares, un compañero de viaje cambió todas mis contraseñas de correos en la escala en Lima, para que no pueda entrar a ellos nunca más.

Mañana, pasado tal vez, compraré un auto o una camioneta y enfilaré al sur, hasta el mismo fin del mundo. Acá es verano, hace calor y la ruta es sencilla, así que espero no tener problemas. Dice Sergio, el encargado de noche en el hotel, que él conoce a alguien que me puede vender un buen auto, sin problemas ni muchas preguntas. Ya veremos qué pasa.

II

Hace un rato recogí una Cherokee 98 4x4 en Casilda, Santa Fe. Casi 400 kilómetros al noroeste de Buenos Aires que recorrimos fácil Sergio, Claudio, su cuñado, y yo en la furgoneta Renault Master de reparto de Claudio. Las cinco horas de camino estuvieron llenas de olor a tomate, albahaca y tomillo de la camioneta que regularmente entrega pizzas gourmet en la capital federal.

“Ahora nadie desprecia la oportunidad de sacarse unos pesos extras”, me explicó Sergio cuando me propuso que fuéramos por la Cherokee. “Mirá, es una buena oportunidad, no es cara, y Claudio y yo nos llevamos una comisión... no, no, vos no pagás nada extra, eso nos los da el vendedor”. Por supuesto, no le creí, pero no me importó. Desde que cambié todos mis ahorros a una cuenta Fueguina del Banco de Tierra del Fuego, sin perder demasiado en el cambio, el dinero no me importa. Tengo lo suficiente para, tal vez, un año o dos --más, incluso, si me mido en los gastos-- y tampoco me podrán rastrear desde México. La camioneta me costó unos 15 mil dólares.

Cuando viene a Argentina olvidé que la comida tradicional no me gusta mucho. Eso de media vaca muerta sangrante sin guarnición no me parece la cumbre de la gastronomía. Prefiero la comida italiana, pero mis compañeros de viaje son tremendamente carnívoros y desayunamos, almorzamos y comeremos, creo, cosas horribles como hígado envuelto en su propia grasa, sangre o despojos de ese tipo.

Me he adormecido. La radio del auto toca la misma música pop que se puede escuchar en San Francisco, Cuernavaca o Rosario, así que es como si nunca hubiera salido, como si siguiera allá... y eso realmente me intranquliza. No quiero, no puedo volver. Estoy a medio mundo de distancia y no quisiera irme a Australia, Sudáfrica o Nepal.

III

La Cherokee resultó mejor que lo que esperaba. Claudio y Sergio me aseguraron una vez más que ellos no hacen preguntas, ni les importa nada, que sólo quieren dejar clientes satisfechos. ¿Clientes de qué? De lo que sea. Antes de arreglar el negocio vehicular, Sergio me ofreció mujeres, espectáculos exóticos, ácido, armas... Lo que fuera. Según él, está ligado con los rusos “y con ellos no se juega, che, no se juega”, me reiteró Claudio varias veces.

El caso es que ahora voy solo rumbo al sur. Dejé a los cuñados en Casilda donde iban a gastarse algo de sus ganancias con prostitutas. No quise ir, para qué. Además, ya me estaba hartando del continuo saqueo de estos dos. Les dije que tenía intención de visitar el norte, que en estos lugares sería rumbo a Santiago del Estero y esos lados. De hecho, manejé un buen rato por una carretera pequeña hasta llegar a la autopista 9. Ahí giré a la izquierda, alejándome de Rosario hasta la población de Villa María y sólo en ese lugar volví a dirigirme hacia el sur.

En Villa María, de hecho, en la parte nueva llamada en un destello de ingenio Villa Nueva, compré un estéreo para la camioneta con entrada usb. Bajé, mientras comía unos inigualables ñóquis, como cuatro gigas de Seether, Rage Against the Machine, Marylin Manson, Creedence, America, Chicago, Lynard Skynard, rock psicodélico y algunas cosas más. No quiero escuchar la radio todo el tiempo, no estoy de humor para folkore ni pop.

IV

Bueno, ¿qué estoy haciendo aquí? ¿Realmente por qué estoy conduciendo hacia el fin del mundo durante horas y horas? Los días, larguísimos, me permiten manejar 10 o 12 horas por día, he pasado por ciudades, pueblos, lagos y ahora estoy en una zona de llanos inmensos, interminables, con carreteras rectas, pero con subidas y bajadas que las hacen al mismo tiempo más y menos seguras. Cada vez me cruzo con menos conductores. Ahora, sobre todo, veo extraños tráilers europeos y coreanos, caravanas y uno que otro Peugeot o Renault.

Pero como siempre que surge la pregunta, como siempre que me la hago, trato de no responderla. Casi no hablo con nadie, ni conmigo mismo. Procuro entrar en gasolinerías de autoservicio para que mi acento no me delate. En los restaurantes es un poco más difícil hacerlo, pero finjo algún resfrío y señalo los platillos de la carta.

No puedo alejarme, no puedo. Quiero dejarla atrás, quiero que desaparezca, pero el ansia siempre está ahí, sentada en un rincón, viéndome con sus ojitos de perra loca, con esa sonrisa medio torcida que aborrezco. Me señala con su mano hermosísima y comienza a reírse muy quedito, sabe que le pertenezco, que por más que corra no la puedo dejar atrás.

A veces creo que en realidad estoy enamorado de esta ansia, de esta obsesión. No me importan las personas, no quiero a nadie, salvo a ella. Y por eso estoy acá, en el fin del mundo, lejos de ella, de quien no me puedo deshacer.

Un bocinazo y el resplandor de unas luces me saca del ensueño. Dobló violentamente a la izquierda, me cuesta trabajo controlar la Cherokee y me salgo del camino. ¡Carajo! Seguro le rompí una llanta. Me bajo del vehículo y veo que, efectivamente, he destrozado una rueda.

V

Las noches lejos de la civilización, tan al sur, ofrecen millones de estrellas. Las constelaciones son extrañas y el negro del cielo es absoluto. No hay luna. No hay ruido, no hay nada, y esa nada es lo más reconfortante que he sentido en mucho, mucho, tiempo.

VI

Pues arreglar la llanta no fue tan sencillo. El gato no funciona, la refacción está en pésimas condiciones. Esperé hasta casi el mediodía, nervioso, cansado, hambriento. Nadie se detiene, todos pasan como a 200 kilómetros por hora. Ya estaba a punto de empezar a caminar hasta un pueblo que según mi mapa está a unos 60 kilómetros de distancia cuando se detuvo una Ford viejísima, destartalada. De ella bajó un tipo achaparrado, gordo y bigotón que me gritó: “¿Pero qué hacés ahí? ¿Esperás morirte de hambre o aguardas la llegada de nuestro señor?”

Le expliqué lo sucedido. Se me quedó viendo largamente, parecía dudar algo: “Sos mexicano, ¿verdad? No lo pareces, pero el acento que tenés no puede ser de otro lado. Yo quiero a los mexicanos; mi viejo vivió allá, en el mismo deefe, en su exilio hace más de 30 años y eso no se olvida. Venga, hermano, vamos a ver cómo resolvemos este quilombo”.

Me convidó mate dulce y sandwichitos de miga y las siguientes dos horas escuchamos interminablemente un disco de José Alfredo Jiménez que resonaba en un improbable estéreo de muy buen aspecto montado en el ruinoso tablero de la pick up. “Acá te volvés loco si no escuchás música linda”, me explicó mi salvador.

El pueblo más cercano, unas cuantas casas, una gasolinería y poco más estaba a bastante más de 60 kilómetros del lugar de mi accidente. El inmenso cielo austral, por supuesto insensible a los sufrimientos y penas de los seres humanos, se extiende negrísimo por todos lados. Las constelaciones extrañas para un norteño me ponen nervioso.

Como dice la canción de rock: “puedes correr, pero no esconderte”.

viernes, 20 de mayo de 2011

Unforgiven

"Y te tragas la culpa, difusa e irracional, como todas las culpas..."
El mundo en los ojos de un ciego, PIT II

Lo veo saliendo del edificio en el que vive, ese que conozco muy bien porque tengo meses estudiándolo en google-maps y algunos recursos un poco más sofisticados a los que he ido teniendo acceso. Me fijo que sostiene la puerta metálica negra, a pesar de que va un poco retrasado para su trabajo, a una señora cargada con bolsas de pan, naranjas y un bebé llorón. Miro cómo le sonríe, con una sonrisa franca, grandota, y tengo que reconocer que no tiene mala pinta. Un poco más alto que yo, güero, robusto con tendencia a engordar que mantiene a raya con dos horas diarias de gimnasio, largos paseos en bicicleta y carreras de muchos kilómetros. Viste un traje gris clarito, de tela delgada, que yo no me pondría ni por la salvación de mi alma, corbata de rayas diagonales azules, verdes y grises. Trae el saco en la mano por lo que me fijo muy bien en que su camisa está perfectamente planchada y de un blanco que lastima bajo ese sol para el que esta ciudad sigue siendo un pedazo más del desierto que se extiende hasta muy adentro de Texas. Ah, y a pesar de los 37º que se sienten a las 9 de la mañana, el infeliz no suda, se ve fresco y hasta me parece oler su loción, algo cítrico.

Ya me lo habían dicho: si no supieras de él lo que sabes, seguro que te simpatizaría. No creo que llegara a tanto, nunca me han caído bien los administradores, pero de que se ve bien, exitoso y agradable, se ve bien. Recuerdo que pensé precisamente en eso cuando fui con mi amigo Bernardo a pedirle consejo para cazar un animal.

“¿Desde cuándo te dio por la cacería? –me preguntó el hijo y nieto de combatientes comunistas y anarquistas antifranquistas– ¿No que esas eran cosas de salvajes?”

“Pues ya ves”, respondí displicente mientras daba un trago del excelente Lagavulin 16 años, de poco más de 50 euros la botella en el duty free del aeropuerto de Aberdeen que compró mi amigo y le costó 12 días de dormir en el sillón de su despacho. Bueno, compró toda una caja.

Bernardo da una larga calada a su habano. “¿Y qué vas a cazar? ¿Venado, jabalí?”

“Algo así, grande, Un venado, sí…” –le respondí vagamente.

Bernardo me miró fijamente. Lo conozco desde hace muchos años y él, como yo, siempre hemos sospechado mutuamente que en el alma del otro hay un abismo peligroso donde se ocultan pasiones violentas. Exhaló una nube azulosa y perfumada a Cuba, dio un trago a su whiskey y aumentó el volumen de las marchas de la República que escuchábamos. “Habla más bajo, no quiero que se entere mi mujer”, me previno.

Terminé mi whiskey y le dije que se trataba de algo más o menos grande, más de 80 kilos, allá en el norte, y que iría solo. Me pregunta si llevaré un rife 7 mm (demasiado grande) o la escopeta del 12 (muy ruidosa); le expliqué que no, que una Smith&Wesson 627-5. “Un revólver para señoras, no para cacería”, me dijo desdeñoso.

Se paró, abrió su computadora, consultó algo y regresó. Se sirvió más whiskey, pero no me ofreció, sabe que un trago es mi límite. Me miró fijamente.

“¿Sabes? Te vas a tener que acercar mucho a tu venado si quieres matarlo. Diez metros o menos, supongo que no vas a poder apoyarte y sé que no tienes mucha experiencia ni puntería. Ah, y por el amor de Dios, no se te ocurra dispararle a la cabeza, lo más seguro es que falles; dispara al pecho, en el centro. Dos o tres tiros, lo más cerca que puedas… y, por favor, no regreses acá en unos meses. No es por mí, lo sabes, sino por mi mujer y los niños”. Lo sé, le dije que no se preocupara. Nos despedimos de abrazo.

Esa fue toda mi preparación. En Tultitlán busqué el más dudoso de los muy dudosos vendedores de autos usados y compré una Ranger doble cabina con dos juegos de placas, uno de San Luis Potosí y otro de Coahuila, con dos tarjetas de circulación y dos engomados. “No se me apendeje, compa –me advierte el vendedor– no los mezcle y cuando los cambie, destruya los otros”. No le respondo, le pago en efectivo. Me lo recomendaron mis primos de Chihuahua y de todas maneras no salió tan caro. Escondo el juego de Coahuila en un doble fondo de la caja y me lanzo a la carretera. Tengo permiso para la pistola a juego con una credencial del IFE y una licencia de conducir de Culiacán; me detienen en un par de retenes y en ambos, discuto con sargentos torpes, pero me impongo y los hago que llamen a sus capitanes, quien ven los documentos y me dan el paso. Los soldados están cansados y nerviosos, pero al menos no buscan confrontación.

Duermo en San Luis y al día siguiente sigo hacia el norte. Desayuno en el Seven-Eleven de una gasolinería y no paro hasta llegar, durante el día como burritos calentados en microondas y tomo cocacolas frías, duermo en un hotel barato del centro sin llamar la atención. Seguro que piensan que soy un norteño más en viaje de negocios. Me resisto a dar una vuelta por el edificio, no creo que sea prudente. Vuelvo a desayunar burritos de Seven Eleven con café, encuentro lugar cerca de donde pasará mi venado y espero, escuchando música barroca muy bajita.

Y ahí está.

Bajo de la pick up, que dejo encendida, pero sin las llaves –una de las cualidades por las que me vendieron esa camioneta en particular– y me acerco con el revólver listo para disparar. Me paro enfrente de él, pero no lo suficiente como para que se alarme, pero sí para que se detenga. Estiro el brazo y lo miro fijamente. Él me ve desconcertado, estoy seguro que no me reconoce, jamás me ha visto en persona; empieza a balbucir algo, no sé si una súplica o una oración, pero no le doy tiempo de seguir. No han pasado más de 15 segundos cuando ya disparé tres balazos, uno tras otro.

Miro cómo se le doblan las piernas mientras una mancha de orines oscurece la parte delantera de su pantalón. La camisa ya no parece tan pulcra, sino sudada y apestosa. Sin embargo no está herido. Disparé los tres tiros a su derecha y se impactaron en el tronco de un árbol. No fallé. Ya mi índice presionaba el gatillo cuando la vi asomada a la ventana, con el rostro más adolorido que alguien pueda imaginar y supe que el dolor era por ella, por él y tal vez por mí. Por eso no lo maté.

Lo dejé orinado, de rodillas, llorando, pero vivo. Me gustaría poder decir que su reacción demostró su verdadero carácter, pero es mentira. Seguramente yo y muchos, en esas circunstancias, hubiéramos reaccionado igual o peor.

Metí la pistola en la bolsa del chaleco, subí a la camioneta y me retiré sin prisas, como mis parientes de Chihuahua me aconsejaron entre tecates y tacos de arrachera. “No se vaya a ir hecho la chingada, primo, que lo agarran. Váyase tranquilo, como si no supiera qué pasa”. Me crucé con una patrulla con las luces encendidas, pero me ignoró. La carretera me llevó hasta el desierto blanco y calizo. Allí cambié las placas, me quité los guantes de cirujano e hice un bulto con la pistola, las balas sobrantes y todas las identificaciones falsas. No las quemé, sino que cavé un agujero y lo enterré muy profundo. Tomé bastante agua y conduje hasta Saltillo. A veces simplemente no se puede ganar; otras, ni siquiera se desea hacerlo.