sábado, 30 de abril de 2011

Judas

El discípulo atormentado, el traidor guardián del templo, abre una Pacífico y brinda “a tu salud, compita; a tu salud, carnal… a tu salud, mi señor, mi Divino Cordero” y la termina de dos tragos. Suspira, abre la guantera y saca su Colt M1911 con cachas de madera de guamúchil, la izquierda de árbol de Sinaloa; la derecha, de Morelos. La pone frente a su cara y jala el gatillo para que una bala full metal jacket impulsada a 243 metros por segundo lo mande a la oscuridad eterna del olvido.

domingo, 24 de abril de 2011

Sueños[o]Pesadillas I

Salgo a orinar al patio. Los perros ya se acostumbraron a mi presencia y siguen aovillados durmiendo su sueño que siempre parece fingido. La oscuridad me sobrecoge, no estoy acostumbrado a ella, lo mío es más bien el brillo enfermizo de las ciudades que te hace sentir como si estuvieras dentro de un tubo de luz de neón.

Alzo la vista. Miles, tal vez mucho más, de estrellas plateadas relucen sobre el negrísimo cielo. Distingo algunas constelaciones, pero como siempre, me clavo en el cinturón de Orión, o como ella le dice, “el soplador”.

La Luna de sonrisa me ve, cómplice de mis secretos.

Termino de orinar y regreso al lugar en el que duermo. Un viejo sillón, bastante maltrecho, es mi cama, prácticamente al aire libre. Sólo estoy separado del patio por una barda de carrizo de apenas metro y medio de altura, tal vez un poco menos, aunque sí estoy bajo un techo inclinado de láminas.

Me tapo con todos las cobijas que puedo, subo la capucha de la sudadera usada que compré hace poco para que me proteja de los mosquitos y trato de dormir. El silencio es casi absoluto, pero desde esta posición la oscuridad es menor. Alumbra mi rostro el farol de la calle, con una inmisericorde luz blanca, y se alcanza a ver la luz que se cuela por entre la enredadera que cubre el porche de la casa principal.

En cierta manera esta luz me consuela.

Los perros se inquietan, ladran y corren repentinamente. Puede ser cualquier cosa, desde un gato o un caballo, hasta un coyote que haya bajado de los cerros. Lo más probable es que sean otros perros, porque pronto regresan a sus lugares y vuelven a dormir.

Un burro rebuzna largamente a lo lejos. Parece como si se quejara por el trabajo que tiene que realizar o el maltrato que recibe, pero seguramente simplemente estará rebuznando porque es lo que sabe hacer.

El viento sopla y aviva los rescoldos en la estufa de leña que se encuentra en el otro extremo de la habitación y lleva el humo directamente a mi rostro. No me molesta, en todo caso me parece extraño, como casi todo lo que me rodea.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Carretera

Otra vez demasiado rápido por la carretera, otra vez, la música demasiado fuerte. Metallica, Pesado, Rolling Stones, Interpol, La Cuca, Horóscopos de Durango, Boccherini, Seether —mucho Seether—, aunque en realidad, casi lo que sea, mientras sea fuerte, mientras grite y rompa madres y le miente la madre al mundo y se burle de la vida perfecta. Rápido, cada vez más rápido. La carretera es eterna, el sol quema, calienta el metal del stratus —viejo, pero con buen motor—. Lo único que quiero es escaparme, que los perros no puedan morderme los tobillos, que se acallen las voces que susurran verdades dentro de mi cabeza, que me muerden las orejas. No quiero ver esos rostros sonrientes con los dientes blancos y brillantes desde que descubrieron que la mierda y la sangre se lavan. No quiero verlos, ya no más. Sigo corriendo hacia específicamente ningún lado, sigo reventándome los oídos con ojaláquetemuerasfuckit, con iseeareddoorandiwantitpaintedblackobsesión, con todo lo que salga del reproductor con listas preparadas sin saber para cuando llega el momento de huir. Me duelen los huesos, me duele el alma, me duelen las nalgas, me duele el pensamiento. No puedo respirar, el viento se agolpa en mi nariz y no alcanza a pasar a los pulmones, pero no importa, porque sigo corriendo aunque los perros no queden atrás, aunque las voces me sigan susurrando por los huecos que quedan entre my love’s laboratory y a chillar a otra parte y se ríen de mí, me dicen que soy un imbécil, que nunca aprendo, que siempre siempre siempre siempre voy a hacer las cosas mal, a equivocarme. Lo único que queda es seguir corriendo hasta que acabe el camino. Pues ya qué.

sábado, 2 de octubre de 2010

El adiós de Negro H*A*D*A*S XIX

XIX

“Miesú Murrumu Bich’to 4590, Miesú Murrumu Bich’to 4590”, escuchó Negro dentro de su cerebro. Inmediatamente se puso en alerta total. Era su nombre, el que sólo se repetía pocas veces entre los círculos más íntimos de su clan, el nombre que permanecía secreto para casi todos, el nombre que ni siquiera Blanco o Listado tenían por qué saber.

“Miesú Murrumu Bich’to 4590, Miesú Murrumu Bich’to 4590, escúchanos; nosotras nos preocupamos por ti, Miesú Murrumu Bich’to 4590, Miesú Murrumu Bich’to 4590, déjanos entrar en tu mente”. Negro estaba paralizado, no sabía qué hacer. Se daba cuenta que era un descarado intento de las H*A*D*A*S por apoderarse de su voluntad, pero aun así era tan hermoso, tan cautivador escucharlas.

“Miesú Murrumu Bich’to 4590, Miesú Murrumu Bich’to 459, no nos tengas miedo. No tienes por qué temernos, sólo queremos tu bienestar. Anda Miesú Murrumu Bich’to 4590, no te arrepentirás”. A pesar de que era plenamente consciente que estaba a punto de perder más que la vida, Negro se abandonaba al embrujo. Sabía que las H*A*D*A*S lo habían escogido por sus dudas, se daba cuenta que ellas no querían su bien, pero se sentía tan tranquilo.

“Miesú Murrumu Bich’to 4590, Miesú Murrumu Bich’to 4590...” la cadenciosa voz le recordaba cuando era un cachorrito mimado por su clan, cuando corría por los bosques del mundo durante su iniciación, su largo entrenamiento, las Gato que había amado, su nueva familia, desaparecida hacía mucho tiempo.

“Miesú Murrumu Bich’to 4590, Miesú Murrumu Bich’to 4590...” era cuestión de fracciones de segundo para que las H*A*D*A*S lograran su propósito.

En ese momento, Listado, Blanco y tres Perro entraron en la carpa de Negro. Los Gato lo tomaron en su brazos y lo sacudieron con fuerza, mientras que los demás barrían el lugar con contramedidas IA y electrónicas.

Pero era demasiado tarde. El cerebro de Negro se fundía neurona a neurona. Sus sinapsis se agotaban. Se había quemado.
Logró clavar los restos de su mirada en la de Listado. Un único ojo, se fijó en las pupilas del jefe de la expedición, y murmuró: “Listado, no te traicioné, al final logré vencerlas...”


Con una sonrisa en el rostro, Negro murió.

domingo, 12 de septiembre de 2010

La duda, H*A*D*A*S

XVIII


“Hey, Negro, ¿cómo ves la situación?”

Una pregunta. Sin embargo para un Gato en misión, era francamente impensable. Los Gato se comprometían cuando actuaban como unidad. Y obedecían. Sobre todo eso. No eran como los Perro ni los Humano; mucho menos como los Chimpancé que discutían, peleaban, cuestionaban y siempre estaban tratando de establecer o reafirmar liderazgos.

Por ello, obtener una respuesta también fue algo completamente inusual.

“No me gusta nada, Blanco, nada. No sé qué se espera de nosotros. Por la eternidad de a Madre, ¡ni siquiera entiendo dónde vamos, ni nada! Tú sabes que no me importa morir si así lo decide el jefe, que lo haré si es necesario, pero todo esto me parece absurdo, caótico…”

“Es verdad --respondió Blanco--. Yo tampoco dudo de nuestro liderazgo, ¡lo juro por todos mis descendientes!, pero me parece que nos deberían explicar de qué se trata todo esto. No dudo de las decisiones de Listado, ¡jamás lo haría! sino que como a ti, no me queda del todo claro lo que hacemos, me parece que somos juguetes de una voluntad ajena a los Gato. Los Enano, las brujas, ¡yo qué sé!”

“Se supone --dijo Negro-- que escapamos de la muerte que nos aguardaba en la ciudad nube para luchar por nuestra gente, y ahora estamos aquí, dentro del territorio de las brujas, aliados a una banda de malolientes Perro…”

“¡Sí! ¡Así es! --interrumpió Blanco! Y presiento que los Perro tampoco están muy contentos. Oigo como discuten, gruñen y se quejan. Sólo porque Jefa mantiene su liderazgo, si no, seguro saldrían corriendo…”

“De por sí, los Perro son cobardes”, acotó, desdeñoso, Negro.

Las pequeñas lunas gemelas de ese mundo ahora asolado por la duda y la muerte continuaron su veloz viaje nocturno. Miles de frías estrella iluminaban el grupo… aunque algunos de esos frías puntos brillantes no eran soles a miles de años luz, sino H*A*D*A*S que funcionaban como ojos y oídos de las brujas, además que mediante sutiles pulsaciones afectaban el cerebro de los vivientes y servían para aumentar sus dudas y temores. Por ahora, la estrategia de las brujas estaba funcionando muy bien.

jueves, 9 de septiembre de 2010

El primer encuentro, una entrada más de H*A*D*A*S

XVII

Una nave rasga el espacio con su garras de fuego y deja una herida plateada que se desvanece mucho después de que el vehículo se haya perdido en la vasta negrura del cosmos. Dentro de ella, hay tres ocupante, todos pertenecientes al Genoma Primordial, pero serían casi irreconocibles para los miembros del grupo de Listado. La comandante es una Humano, pero cualquiera de los Gato pensaría que se trata de una Enano o algo parecido, pues su estatura es muy baja, incluso para ellos. No mide más de 1.60. La acompaña una Chimpancé, pero como ninguna que ellos hayan visto antes. Tiene los brazos largos, la cara prominente y toda la piel que deja al descubierto la ropa está llena de un vello espeso, castaño muy oscuro. Sin embargo, mueve los dedos por los teclados y pantallas de la consola de mando con gran habilidad.

Lo que más impactaría a los Gato, no obstante, sería la imagen de las otras dos tripulantes. Una es Perro, nadie lo discutiría, pero una Perro muy extraña. Anda a cuatro patas, no usa ropa y es evidente que no puede hablar a menos que use el collar de palabras que dotado de IA traduce los pensamientos en lenguaje articulado. La Perro ve fijamente una pantalla de navegación. Al menos parece tener una función esencial dentro de la conduccíón de la nave.

Pero la gata que los acompaña es otra cosa. ¡Es un animal! Duerme encantadoramente en una canasta, enroscada sobre sí misma, llena de pensamientos confusos que no pueden traducirse en palabras.

La idea generalizada en los mundos del Genoma Primordial es que todas las razas evolucionaron a la par a lo largo de millones de años en un puñado de mundos colonizados desde la mítica Tierra y que todos se beneficiaron de la magia de la ingeniería genética, pero esta visión haría temblar esta creencia.

Sin embargo, lo verdaderamente importante está por ocurrir. La Perro de la nave emite un aullido que no puede traducir la primitiva IA de su collar, la gata despierta y Chimpancé y Humana se ponen alertas.

--¿Qué ocurre? --pregunta la comandante.

--Estoy percibiendo una presencia hostil muy fuerte adelante de nosotros, --se escucha la voz cuidadosamente modulada de la Perro.

--Yo también la registro --confirma la Chimpancé. --Algo artificial está detenido a media UE de nosotros.

­--Demasiado cerca --masculla la Humano, ¡Estaciones de combate! ¡Ahora!

La gata, nerviosa, emite un sólo pensamiento repetido: brujasbrujasbrujasbrujasbrujas.

El navío Bruja es presa de un motín por la repartición de despojos y no se dan cuenta del explorador que se les acerca.

Los miembros de la tripulación Genoma actúan con miedo. Han escuchado demasiadas historias de naves perdidas por fuerzas misteriosas y no quieren ser una cifra más en las estadísticas. La comandante y su segunda tienen hijos en la base y harán lo imposible por regresar con ellos, así que disparan todos los torpedos nucleares hacia la nave extraña, que no alcanza a cubrirse.

Las explosiones termonucleares son, incluso para la época, un recurso burdo. Son difíciles de controlar, destruyen sin reservas y contaminan, pero son baratas y los planetas recién colonizados las utilizan por esa razón.

Cuatro flores de fuego crecen en el casco del navío alienígena y lo parten en pedazos. Los tripulantes dejan de existir.

Las integrantes de la expedición son sometidas a juicio, están a punto de ser condenadas, pero cuando los investigadores logran descifrar registros rescatados de los restos, reciben la absolución, pero se les destaca en un punto muy alejado de los acontecimientos, donde morirán anónimamente luchando con esas mismas fuerzas.

Sin embargo, su principal legado, al menos por el que se les recordará, consiste en que a partir de ese instante, la batalla se empareja y ya no sólo hay víctimas del Genoma Primordial, lo que hace posible que siga la colonización del universo. También dejan otra cosa. La inteligencia alienígena será conocida en todos los sistemas y por todas las razas con el nombre que le dio la gata primordial: brujas.