Periodismo, antifascismo, antiracismo, literatura, semiótica, lenguaje, música y algunas cosas que vayan surgiendo...
miércoles, 21 de octubre de 2009
Moscas
Los dioses que no se nombran castigan a quienes los ofenden, y las ofensas pueden ocurrir de mil maneras. De pensamiento, palabra, obra y omisión. El castigo puede ser inmediato o demorarse, pero siempre llega y siempre es terrible.
Yo soy el narrador de historias. Canto de pueblo en pueblo todo lo que ocurre porque no puedo vivir en ningún lado. Fui desterrado hace muchos años y las leyes me impiden asentarme demasiado en algún lugar. No puedo echar raíces, no puedo establecerme; pero soy respetado. La gente me busca para saber qué pasa en otros lugares.
Ahora ya casi nadie viaja —es caro y peligroso hacerlo pues los dioses que no se nombran así lo han dispuesto—, pero la gente que habita esta mundo procede de razas de viajeros y sufren al tener que permanecer atados a un solo lugar. Su único consuelo son las historias, aunque sepan que la mayoría de ellas son falsas, construidas únicamente para su entretenimiento... además de que se pagan mejor que las narraciones verdaderas.
Nadie quiere escuchar de muertes y tristezas; de soledad y hambre; de castigos divinos y terrenos.
El nuestro es un mundo triste, húmedo y sofocante. Nuestro mundo es un lugar de desolación y sufrimiento. Nuestros pecados abrieron el vientre humeante de la culpa y atrajimos el castigo. Las moscas comen nuestra carne. Ellas son los dioses que no se nombran, los únicos dioses que merecemos.
martes, 13 de octubre de 2009
Viaje a Tepoztlán
Sin embargo, puede que la molestia sea explicable. La hilera se forma apenas entrando en el tramo de cuota de una carretera de 14 kilómetros hasta el entronque con la carretera Cuernavaca-México o con la desviación a Tepoztlán. Curva tras curva, de subida y de bajada, mientras se circula por un bosque de pinos, siempre con el sol en la cara no son lo mejor para un ánimo festivo o relajado.
Por fin, un carguero se pega a la derecha y nos avisa que es posible rebasar. De todas maneras, hay que hacerlo con cuidado. Hace un par de años, en esta misma carretera, estuve a punto de chocar de frente contra un tráiler por hacerle caso a indicaciones como las de ahora. Pero parece que en esta ocasión sí son legítimas y media docena de vehículos logramos pasar los estorbos. Por el retrovisor veo al conductor de la SUV que me ha venido defenseando y aventando las luces los últimos cuatro kilómetros. No alcanzó a pasar, peor para su karma chilanga.
Aparecen los anuncios de “Pueblo Mágico”, esa cursi denominación que la sentenciada Secretaría de Turismo les endilgó a algunas poblaciones de la República y que define como: “una localidad que tiene atributos simbólicos, leyendas, historia, hechos trascendentes, cotidianidad, en fin MAGIA que emana en cada una de sus manifestaciones socio - culturales, y que significan hoy día una gran oportunidad para el aprovechamiento turístico” (respetamos la redacción de la Sectur).
Tenemos que llegar al centro. El tiempo ha erosionado mi conocimiento del lugar y tenemos que pedir señas. Los ojos oscuros, recelosos; la actitud desconfiada, entre displicente y francamente hosca que se ve en las casi centenarias fotos de los zapatistas en la capital, se regala abiertamente al chilango aquí y en otros pueblos del estado. El “¿cómo llego a...?” se recibe, pero la respuesta siempre tiene un dejo acerado, amargo. Bueno, a veces, esa sensación se esfuma cuando la voz de quien pregunta tiene ese sutilísimo acento que lo diferencia del chilango, más en el ritmo que en el tono; cuando emplea los giros idiomáticos (don/doña, oiga, pues...) que caracterizan el habla del centro-sur morelense. Y las indicaciones son mucho más precisas, eso es innegable.
Lo mismo el taxista que la señora a la puerta de su casa e, incluso, el chamaco al volante de su pick up Ford ilegal, y que habla con el acento angelino que les queda a muchos migrantes, son amables ante quien intuyen paisano y dan señas precisas, concretas, para llegar al destino. Atrás de nosotros, desde otro auto, con otra actitud, unas personas exigen señas. Nos los encontraremos un par de horas después, furiosos, porque “los pinches indios de este pueblo ni siquiera son capaces de decirte como llegar a ningún lado”. Ah, qué los chilangos, tan generosos, amables y serviciales en su casa, y tan patanes, salvajes y colonialistas en la ajena.
Hace 20 años venía muy seguido a Tepoztlán. Hace 20 años los problemas eran la falta de drenaje, la escasez de agua potable, el poco desarrollo agrícola, las malas vías de comunicación, las ideas faraónicas de los gobernantes y el turismo intensivo de fin de semana... ahora, los problemas son exactamente los mismos. Nada ha cambiado. Quizá haya un poco más de casas suntuosas, por supuesto, de fuereños; seguramente hay más restaurantes, pero el morelense nativo no gana gran cosa de eso, ni de las excursiones al Tepozteco. Se queda con las migajas de un modelo económico obtuso.
¿Acaso la magia residirá en que la caca local y de los turistas permanezca contaminando mantos freáticos? ¿En que la única opción de mejora real para muchos de sus habitantes sea emigrar, en el mejor de los casos, a las zonas industriales de Cuernavaca o el DF, o en el peor, a Estados Unidos? ¿La magia está en casas impresionantes, con alberca y caballerizas, al lado de casuchas en las que niños, pollos, perros, adultos y en ocasiones algún cerdo conviven? Quién sabe.
Para llegar al restaurante recorremos la calle principal, que lleva al Tepozteco que se yergue como posando para las cámaras, con nubes hasta más abajo de la mitad de su altura. En la calle, que parece una puesta en escena de Coyoacán, se ofrecen sombreros, camisetas de Pancho Villa, Zapata o Harely Davison, juguetes, esa ropa parecida a la que usan en la provincia India de Rajastán y que nosotros hemos aprendido a denominar “hindú”, tatuajes de hena, horóscopos mayas (que, suponemos, no han de ser muy populares ahora que nos informaron que el mundo acabará en un par de años), comida sana y muchos, muchos restaurantes, desde poco más que puestos donde las micheladas (acá son cerveza con mucho chile piquín, salsa, limón y sal) son el plato fuerte, hasta restaurantes argentinos, vegetarianos y mexicanos.
Comemos en Los Colorines la tradicional comida mexicana versión Sanborn's y luego salimos a la calle. No me puedo tranquilizar. Sigo pensando en por qué las autoridades creen que la magia está en la inmovilidad y el subdesarrollo, por qué nos aferramos como sociedad a la imagen de un turismo servil, indigno, con puestas en escena, por qué somos tan, pero tan postmodernos.
A la pequeña Valentina, con sus 15 meses, no le molestan ninguna de esas cosas. Ella se impacta con una serpiente de trapo azul y nos mira con sus ojitos brillantes. La vendedora se da cuenta que tiene una venta hecha y, magnánima, nos rebaja 10 pesos. Valentina abraza su serpiente y tira el avión de madera laqueada que tenía en la mano y que le habían comprado poco antes.
Caminando por el empedrado, que según algunos lugareños lo pusieron nomás porque así los chilango sienten que están en la verdadera provincia, llegamos al mercado, en el centro de Tepoztlán. También allí las cosas están puestas para el gusto de los visitantes, con mucho copal y toda la parafernalia del pueblo mágico. Casi no se venden verduras, frutas, canastas ni objetos de plástico, como en cualquier mercado normal, pero sí, una vez más, camisetas, pulseras, palos de agua (típica artesanía mexicana originada en Australia) y dudosas piezas prehispánicas.
Junto al kiosko, unos payasitos astrosos empiezan su rutina, más allá unos jóvenes cantan sones típicos acompañados de guitarra y la pequeña Valentina corre con sus juguetes. Ella es feliz y no escucha, no entiende y no le importan, los improperios y sandeces que un grupo de adolescentes tardíos con suficiente alcohol en sus organismos como para intoxicarlos gritan para contar sus aventuras sexuales y de drogas con el que hicieron que este fin de semana valiera la pena y les hiciera olvidar el agobio del metro o la inseguridad de las calles capitalinas.
Recogemos el auto, pedimos instrucciones para salir “no a México, sino con rumbo a Yautepec” y nos las brindan con extrañeza, pero perfectas. Comentamos del viaje y quedamos, que la próxima vez, mejor iremos a Tlayacapan, donde aunque no sea oficialmente mágico, si existe la magia.
lunes, 5 de octubre de 2009
La alfombra sucia
Realmente, lo único que quiero luego de siete horas en carretera es un litro de agua mineral y dormir, nada más. Ni siquiera un sándwich de queso me haría cambiar de opinión.
Hace calor y no me dieron control remoto para la televisión. No importa, que se quede en el canal del pasito duranguense para que me arrullen los lamentos de amores incomprendidos. ¡Ah! Pero lo tengo prohibido… bueno, no importa, no creo que nadie se entere.
Me empiezo a quedar dormido…
¿Quién me está golpeando en la cabeza? ¿Dónde estoy? ¿Por qué hace tanto calor? Ah, ya recuerdo, no es mi cabeza, eso era en un sueño donde miles de muñecas diminutas me golpeaban con sus puños minúsculos y me reclamaban por qué no les hacía caso.
Están tocando la puerta. ¡Mierda! Olvidé la pinche alfombra sucia y volví a pisarla. Espero que no sea nada infectado o que me vaya a contagiar de algo. Sería no sólo irónico sino incluso ridículo que luego de mi forzada abstinencia terminara con alguna enfermedad venérea.
--Ya voy, carajo, ¡ya voy! --grito hacia la puerta que parece caerse. Las manitas de las muñecas se convirtieron en dolor de cabeza.
--¿Qué pasa, qué quieren? --pregunto junto a la puerta.
--Buenos días, caballero, ¿o serán tardes? --responde una voz odiosa –vinimos a limpiar su alfombra…
--Venimos, es venimos --les digo.
--Perdone, caballero, no lo entiendo…
--Que se dice venimos a limpiar, no vinimos, pero no importa. Pero, ¿cómo que vienen a limpiar la alfombra? ¿Me van a pasar a otra habitación?
--Bueno, no me dieron esas instrucciones, pero debe salirse un rato, una hora o dos, nada más.
--¿Y mientras, qué hago?
--Eso no lo sé, caballero, yo sólo vengo a limpiar al alfombra, y si me abre la puerta porque se me está haciendo tarde…
--Le abro, madres, primero voy a llamar a la recepción para que me cambien de cuarto.
Regreso a la cama pisando la alfombra que ahora no me parece tan sucia, descuelgo el teléfono que está en el buró.
“Good afternoon, welcome to the reception of the San Pablito Inn…”
Entre la extrañísima pronunciación mezcla de inglés de academia corriente y anunciadora de vuelos de aeropuerto y la elección de palabras propias de alguien no muy versado en el idioma, me olvido de la razón de mi llamada, pero otra vez los golpes a la puerta me despiertan del ensueño.
--¡Hey! ¡Caballero! ¿Sigue ahí? Mire, algunos de nosotros sí tenemos trabajo y no podemos estar perdiendo tiempo…
--¡Carajo! Espere a que resuelva el asunto de la habitación --le grito en un tono mucho más feroz que mi verdadero enojo-- y vuelvo al teléfono, que ha seguido dándome saludos e instrucciones en un inglés bastante curioso.
Marco el 0 y espero. Responde una persona, afortunadamente en español, a quien le explico el asunto del lavado de alfombras y la necesidad que me cambien de cuarto, o que hagan su aseo cuando yo no esté.
--Mire, caballero --me explica con esa voz ISO9000 aprendida en curso de asertividad para gerentes que ahora tienen casi todas las personas que atienden gente en empresas multinacionales--, nuestros estándares de calidad cerificados internacionalmente nos permiten dar a nuestros huéspedes los mejores niveles de estatus y calidad en nuestros servicios, razón por la cual hemos enviado a nuestro experto en sanitización a llevar a cabo un procedimiento de higiene en la alfombra de su habitación, motivo por el que…
--Ya, ya, eso lo entiendo. Lo único que le estoy pidiendo es que me dé otra habitación y que limpien la alfombra a gusto…
--Es que eso no se puede, caballero…
-¿Cómo que no se puede? ¿No tienen cuartos disponibles? Si es así, esperen a que salga en la tarde para que limpien…
--Es que eso no se puede, caballero…
--¿Por qué?
--Nuestro procedimiento estandarizado a nivel mundial nos indica que la sanitizaciòn de la alfombra debe hacerse precisamente ahora; de hecho, ya lleva un retraso de cuatro minutos, mismos que se le descontarán a nuestro técnico especializado…
--Ya, ya, no me importa su maldito procedimiento. O me dan otra habitación, o se lo meten por el culo, me da igual, pero dejen de molestarme…
--Caballero, no se moleste y no me ofenda, simplemente…
Colgar el teléfono funciona como argumento contundente. Me asomo por la mirilla de la puerta y veo al limpia-alfombras, chaparrito, calvo, de bigotito. Parece nervioso.
--¡Váyase al carajo! –le grito--, no va a limpiar esta alfombra, al menos, no mientras yo esté aquí.
Me regreso a la cama, no sin antes pisar alguna cosa asquerosa que se oculta en el tejido de la alfombra, enciendo el televisor y vuelvo a quedarme dormido.
Sueño que un ejército de chaparritas está haciendo un censo estandarizado mundialmente de la cantidad de mujeres con las que he dormido. Por alguna razón, esa pregunta me angustia y quiero escaparme de ellas, pero me persiguen por todos lados aprovechándose de su minúsculo tamaño que les permite escabullirse por cualquier rendija. Me tienen acorralado cuando tocan la puerta…
¿Tocan la puerta? ¿En el sueño? No, no es en el sueño. Despierto en el preciso momento en que dos enormes guardias privados de seguridad irrumpen en el cuarto y me inmovilizan. Otros dos recogen todas mis cosas, mientras una empleada alta y a todas luces ejecutiva me dice:
--Este es el procedimiento estandarizado de calidad número 13,684, diseñado para garantizar el sanitizado de habitaciones de acuerdo con la normatividad mundial. Como usted se ha opuesto, nos vemos obligados a desalojarlo de estas instalaciones. Esperamos que no lo tome como algo personal y se sirva llenar la encuesta de servicio que se le entregará en breve. Buenas tardes.
No recuerdo mucho del proceso de desalojo, pero terminé con las costillas maltrechas, un ojo morado y me sangra la nariz. Ahora estoy en una habitación pequeña, de cemento, con una ventanita con barrotes. La puerta está cerrada y no tiene chapa, pero al menos hay un catre limpio y el piso desnudo no tiene alfombra que limpiar.
Me acuesto y cierro los ojos. Nadie me persigue, nadie me pega. En realidad, me siento en paz…
sábado, 26 de septiembre de 2009
El olvido (VERSIÒN COMPLETA)
Volcado en mí mismo, en la inmensa llanura vacía de mi alma, camino hacia un horizonte que apenas se adivina tras la bruma y las nubes de tormenta. El cielo está roto por los rayos cuya luz se clava en el fondo de mis ojos y hace más difícil el camino; el piso también está roto, lleno de grietas y espinas que buscan morder mis tobillos.
El frío convirtió mis huesos en vidrio, los molió y reconfiguró en una plasta blanda que me permite caminar, sí, pero a cada paso envía miriadas de agujas a mis articulaciones. Debería echarme a un lado y dormirme, morirme de una vez por todas, pero sé que no puedo, porque estoy dentro de mí, de la desolación que hay en mi mente, así que sigo caminando en el brumoso abandono de la falta.
Frío y humedad, pero sobre todo, la soledad que convierte en cenizas el corazón y lo avienta a la cara de los ridículos, de los románticos, de los tontos, de todos ellos que sin embargo son felices en sus mundos tibios y abrigados, que ven el frío de afuera mientras toman leche tibia azucarada.
Los tontos, los románticos, los ridículos se regocijan con las cenizas pues las confunden con confeti y ríen, se besan, disfrutan de los engaños de sus mentes.
Yo los alcanzo a ver como espectros a los lados del camino. Espectros más malvados que los demonios, más sanguinarios que los chacales. Se burlan de mí, me escupen y su saliva me entra en los ojos y en la boca.
Sigo caminando hacia el lejano horizonte, hacia el final que, igual que el camino, se funde en la nada del olvido.
jueves, 17 de septiembre de 2009
nzvmamxzv
zzzzzzzzzzzzzz
vvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvv
A!
mmmmmmmmmmmmmmmMMMMMMMMMMMMMMMmMMMMMMMMMMMMM
a?
mñmñmñmñmñmñmñmñmñmñmñmñmñmñm
XXX
ZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZ
vBvBvBvB!!!!!
viernes, 4 de septiembre de 2009
Añoranza
Está lloviendo. Es la primera lluvia en no sé cuánto tiempo. El agua cae con fuerza, empapa el piso arenoso, moja las paredes resecas de la casa y despierta ciertos olores que yo suponía olvidados o, al menos, lo suficientemente escondidos para hacerme a la idea de que ya no existían.
Los perros estuvieron mirando recelosos la lluvia durante largo rato; después, se gruñeron un poco y al final, se durmieron, aunque tienen sueños intranquilos que los hacen gemir y llorar un poco.
Yo también miro la lluvia con recelo. Ya no me gusta que llueva, porque me recuerda cuando hacíamos el amor y yo me deleitaba lamiendo tu sexo durante horas, siempre me pareció que sabías a lluvia.
Y, ahora que llueve, vuelvo a pensarlo.
Ya sé lo que me dirías: ¡Què ridìculo eres! ¡De veras que no sé de dónde puedes sacar tanta mamada! ¿Què tiene que ver la lluvia conmigo o con lo que te imaginas? Luego te reirías mucho, y seguramente terminarías contagiándome la risa, porque a pesar de todo, te gustaba que te convirtiera en lluvia, y a mí siempre me gustó tu risa.
Bueno, creo que todavía me gusta. Es lo bueno de saber que las relaciones no son para siempre, que tienen fecha de caducidad. Así estamos bien… bueno, casi siempre, salvo estos momentos en que llueve y la boca se me llena de tu sabor.
Los perros están cada vez más nerviosos. No creo que tarden en despertarse; ellos nunca te quisieron demasiado, ni tú a ellos. Tal vez la lluvia también les haga acordarse de ti.
Sólo espero que no se les ocurra salir a rascar la tierra mojada. Capaz que en una de esas te encuentran y no creo que fuera algo demasiado agradable para ninguno.
jueves, 20 de agosto de 2009
In memoriam
Preparo, redacto y leo esta breve ponencia en homenaje a Ocatvio Paz y a José Vasconcelos precisamente en medio de una crisis personal estremecedora.
Sé que algunos pensarán que abuso de la audiencia por decirlo, pero mi hermano Guillermo, un hombre joven y bueno, agoniza víctima del cáncer mientras que mis padres ancianos y enfermos, malgastan sus energías menguantes tratando de comprender el sinsentido de que un hijo pierda la vida.
Ante esta tragedia, les aseguro, paciente auditorio, que estuve a punto de cancelar mi participación en este coloquio. Sin embargo, decidé no hacerlo porque, de maneras directas e indirectas, yo debo lo que soy, mi comprensión del mundo y mi sensibilidad a intelectuales como Vasconcelos y Paz.
Mis papás nos criaron en un mundo de letras, de pensamientos, de ideas. Desde muy pequeños aprendimos de las largas discusiones que sostenían mi papá --vasconcelista aferrado--, mi mamá --escéptica fervorosa-- y mi abuelo --antivasconcelista recalcitrante-- que se puede estar en desacuerdo sin que esto implique una pelea. Muchos años más tarde pude ser testigo de una historia similar cuando escuchaba al académico Tarcisio Herrera discutir sobre la supuesta mala fe de Octavio Paz en torno a Sor Juana y que la amistad de mi padre con él se mantuviera.
Estoy seguro que mucho más allá de sus ideas, brillantes en muchos casos, turbadoras en otros y dicutibles en algunos, el valor de Paz y Vasconcelos para la cultura mexicana es su pasiòn, su creencia en el poder de los libros, de las ideas, de la educación.
Cuando a Vasconcelos se le censuraba que se pusieran libros al alcance de las personas “porque se los iban a robar”, el filósofo aseguraba que era dinero bien invertido y que no se trataba de un robo, sino de una oportunidad para llevar conocimiento al pueblo.
Paz, a pesar del canto de las sirenas de los medios masivos, se mantuvo fiel a su esencia en la publicaciòn de libros, revistas y todo tipo de material escrito. Ambos combatieron, con gran éxito, la creencia generalizada de que la inteligencia es peligrosa o, al menos, rara, que el mundo es mejor cuando no piensa.
Alguna vez, otro escritor, Isaac Asimov reflexionó sobre la manera en que novelistas y cuentistas de ciencia-ficción abordan la inteligencia. El escritor lamentaba que personas evidentemente inteligentes opinaran en sus obras que esta cualidad es peligrosa o, al menos, sospechosa.
Veámoslo, si no, en los estereotipos. Los genios son distraídos, sucios, dispersos. Hacen descubrimientos por casualidad y, generalmente, son inútiles; además, contradiciendo a la genética, nunca pueden encontrar pareja, son amargados y escuchan música clásica (o, más recientemente, rock alternativo). Aunque a veces el escenario es todavía peor: los inteligentes son malévolos, destructores, inhumanos incluso.
La sociedad mexicana se regodea con estos prejuicios, califica a los intelectuales de todo lo que se les ocurra: raros, antimexicanos, peligros para la juventud, dolores de cabeza. Ya en su tiempo, José Vasconcelos combatió estos estereotipos al declarar: "La cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir de los pueblos ninguna conducta moral."
En la vida real (o cotidiana, mejor dicho), tampoco vemos muy bien que digamos a la gente inteligente. Nerds, freaks, matados, ñoños... los epítetos son infinitos, ridículos y, muchas veces, insultantes. Y por si fuera poco, ni siquiera los maestros, padres de familia o estudiantes universitarios graduados nos libramos de hacerlo. Por el contrario, muchos de nosotros nos hacemos cómplices de la mediocridad y la estulticia al humillar a los inteligentes, a los estudiosos, a los inquisitivos.
Cultivamos mitos peligrosos y perversos como aquél de que lo que importa es aprender, no las calificaciones, y así mantenemos generaciones enteras de estudiantes de 7.5. Salvo casos excepcionales, como Bill Gates o Albert Einstein, la inmensa mayoría de las personas que tienen antecedentes universitarios y tienen algún éxito fueron estudiantes de, al menos, 8 de calificación y todos realmente se dedicaron a lo que les interesaba, fueron creativos y estudiaron. Mucho, además.
Por otro lado, pocos han pensado que la inteligencia es realmente sexy. Nada mejor que tener como pareja a alguien con quien se pueda platicar, discutir, intercambiar puntos de vista; una pareja con las que las peleas sean verdaderos intercambios, no simples discusiones absurdas y estériles. Y lo mismo puede decirse de la amistad. Si no puedes platicar con tus amigos, enriquecerte con ellos, ¿para qué los quieres?
Yo sostengo, y estoy seguro que Octavio Paz, para quien Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo…. del miedo al cambio”, que mucho de este miedo a la inteligencia proviene y lo fortalecen, precisamente, quienes no quieren que cambien las cosas porque sacan provecho de ellas como están.
Como les compartía antes, este es un momento de crisis personal y en un supremo acto de egolatría quisiera que fuese un momento de crisis para todos, un momento donde nos diéramos cuenta que en México hemos tenido la gente, los pensadores y los modelos, que los mexicanos podemos, debemos, ver lo grande que ha dado nuestro pueblo, y empezar a valorar nuevamente la inteligencia, la cultura, el libro.
