sábado, 4 de abril de 2015

Imperio

Eborus, el batracio gigante que domina el cenagal, rugió de nuevo. El fragor de su grito causó la muerte de centenares de pequeños animalitos cuyo corazón se paralizó de terror; los más grandes no murieron, pero guardaron silencio. Eborus volvió a rugir, aún más fuerte. Ahora, incluso los relámpagos dejaron de escucharse, ni siquiera el tronar del volcán gigante podía competir con el lamento del batracio. Eborus, el animal más grande de la historia, el más fiero, estaba muriendo. El cáncer corrompía sus órganos internos, desordenaba sus funciones básicas, enloquecía su mente, alguna vez la más brillante de este lado de la galaxia.

El lamento del animal condenado no era triste sino feroz. Eborus mordía su propio cuerpo para liberarse de la enfermedad que no solo lo estaba matando, sino que lo despojaba de su raciocinio. Eborus, el batracio gigante estaba muriendo, y como todos los seres inteligentes cuando llega ese momento, tenía miedo y estaba solo.

Poco a poco, el decadente emperador del lodo se fue adormeciendo en el fresco lodazal y los parásitos regresaron a alimentarse de sus desechos. El ruido regresó a su mundo. Primero, se escuchó el rumor del volcán; significaba peligro, pero todas las criaturas vivientes medran en el peligro, lo único que necesitan es que les parezca normal. Luego, la igualación de cargas de la ionósfera, la atmósfera y la superficie del planeta pantano dejó escuchar nuevamente sus tronidos. Pronto, todos los animales que tenían algo qué susurrar empezaron a hacerlo, hasta llegar a la algarabía corriente.

Observo este drama desde mi prisión en la cima de un volcán supuestamente extinto. Kilómetros de campos autocontenidos para proteger un castillo medieval transportado desde los Cárpatos. Una mala broma, claro. Un castillo lleno de servidores biomecánicos que responden al nombre de Igor, pero con los que no se puede mantener ninguna conversación. La única inteligencia en este mundo, además de la mía, es un batracio gigante de una especie casi extinta que, por si fuera poco, agoniza.


Aquí soy nada o casi nada. Señor de los Tábanos, profeta de la pestilencia, emisario del olvido, virrey de Nada o de Casi Nada. Pasillos y escaleras de piedra que como las de Escher, dan vueltas sobre sí mismas, bordean el vacío, llegan a muros ciegos. Este es mi imperio, ahora desde siempre y para siempre.

lunes, 19 de enero de 2015

Lagarto


El pequeño lagarto lleno de escamas de incontables tonos de verde se despereza lentamente. Estira las patitas como si hiciera un recuento de cada uno de sus deditos y de la punta de su cola. Da vueltas sobre sí mismo como la serpiente que casi es y me mira con sus ojitos redondos e inexpresivos. Yo lo cuido desde hace mucho y veo que no le falte agua, seguridad ni las moscas gordas tornasoladas que le encantan, así que creo que me quiere, o que, al menos, me reconoce.
El pequeño lagarto salta y me atrapa el pulgar, que muerde con gran fuerza. Sus dientes, blanquísimos y puntiagudos, llegan hasta el hueso o así me lo parece. Tan de improviso como el ataque, abre las fauces de dinosaurio pequeño y se enrosca para volver a dormir, lleno del sabor a óxido de la sangre. Pienso en deshacerme de él; no sé, matarlo, regalarlo, venderlo, tirarlo por el excusado para que se convierta en un legendario Godzilla, pero me enternece su perfección y su belleza. Lo dejo dormir. Sé que no tiene conciencia del daño en el sentido de que no le importa lo que yo, o cualquier otro, pueda sentir. Hace lo que se le ocurre en el momento, nomás porque sí. Su carencia de empatía, tan primitiva y salvaje, es uno más de sus atractivos.
El pequeño lagarto es hermoso; el pequeño lagarto es letal. Cuando me distraigo, se mete bajo la piel de la palma de mi mano y empuja hacia arriba. Su paso es casi indoloro porque deja una baba de hielo y menta que adormece los músculos. El animalito empuja morosamente hasta llegar a un lado de mi corazón, que mordisquea distraído. Las heridas se congelan y no sangran. Mi corazón se enfría y late cada vez más lentamente.

No puedo llorar, no puedo hablar; solo puedo morir, y lo hago en silencio, con frío, sin llamar la atención de nadie.

martes, 1 de julio de 2014

Naturaleza



La primera vez que tuvieron sexo, ella le pidió que no se fuera a enamorar. Él le respondió claro que no, ¿crees que soy tonto? La segunda vez, no fue una petición sino una súplica, pero él estaba dispuesto a cualquier cosa porque quería seguir con ella. La tercera vez que tocaron el tema, junto con todo lo demás, no fue petición ni súplica, sino exigencia; él no dijo nada pues no quería mentirle, pero la amaba. Ella se dio cuenta, pero determinó que no era su problema; se lo había advertido tres veces, así que allá él y su mala cabeza, pues ¿a quién puede ocurrírsele que está bien enamorarse de una sacerdotisa de la terrible diosa tecolote, la que lleva la guerra y la sabiduría a los hombres?

Tiempo después, cuando él vivía en el lugar de las noches oscuras y las constelaciones de nombres extraños, y estaba solo, recordaría las advertencias, pero como suele ocurrir, muy tarde, muy a destiempo, muy para nada. Los largos barcos de cristal, construidos para comerciar y para que los exiliados gozaran del lujo por última vez en sus vidas, lo habían llevado hasta ese lugar de destierro, donde seguramente moriría solo, sin que nadie lo recordara.

Pero en el mundo anterior, el de las lagunas desecadas donde el lobo del largo invierno bajaba para pelear con nuestro señor desollado para ver si los campesinos tendrían primavera ese año, él creía que no había futuro, que solo el momento valía la pena. Nunca le importó que sus años fueran tantos que lo que para él eran recuerdos para otros fueran leyendas que cantaban los músicos trashumantes, para él la vida era como dicen los que no saben que es la vida para los perros, una serie de sensaciones e imágenes que se van perdiendo en el pozo negro y sin fondo del olvido.

Pero ni los perros viven así, ni su propia vida era de ese modo, por más que él se hubiera convencido de ello, pero se dio cuenta en el exilio, cuando ya lo mismo daba que se percatara de ello o no. En las tierras de las noches oscuras era poco menos que un extraño y poco más que un advenedizo, apenas una curiosidad en el pueblo de gente pequeña y aguerrida.

A él lo protegía el cuervo que a cambio, bajaba a comer sus ojos todas las noches. Ese cuervo conjuraba los peligros, al menos la mayoría, que lo acechaban en el pueblo tan ajeno donde los olores lo deslumbraban, los sabores le causaban miedo, los sonidos lo confundían, la gente le parecía incomprensible y él asustaba a la gente. No estaba en su lugar y de nada le servía maldecir dioses y creaturas; de eso se trataba el exilio, él se lo había buscado, lo habían advertido y, simplemente, había decidido no escucharlos. Él era el único culpable.

Una vez más la madrugada llegó sin que él hubiera dormido. No soportaba el dolor del cuervo que lo esperaba peinándose las plumas con esa costumbre a un tiempo repugnante y fascinante de las aves. El cuervo no se preocupaba, sabía que tarde o temprano obtendría su alimento; de hecho, lo prefería cuando estaba seco y enrojecido por el cansancio. No tenía a quién rezarle, a los dioses les disgusta que los insulten, a fin de cuentas tienen sentimientos y orgullo, como nosotros. Solo le quedaban los demonios, pero a esos él no les importaba, no les interesa quien se les acerca por su propia voluntad.

Recordó la primera vez, la segunda, la centésima octava; recordó todas y cada una de las veces que tuvo sexo con ella y decidió que no estaba arrepentido. Las ranas rieron divertidas, al igual que los grillos y los ratones de campo. ¿No estaba arrepentido? ¿Acaso tenía oportunidad de decidirlo? Todos los seres de la tierra y del agua, los del aire y de los mundos intermedios sabían que él jamás había tenido oportunidad de nada que no fuera seguir el destino que las diosas le habían trazado. No es que hubieran jugado con él, de la misma manera que el gato no juega con el ratón antes de matarlo, sino que simplemente era su naturaleza.

El secreto, lo que las hacía inmortales, era que las víctimas no se dieran cuenta, que creyeran que todo lo hacían por su propia voluntad. Y por cierto, a ellas también les dolía, a veces, un poco, ver ese sufrimiento, pero qué podían hacer, como ya se dijo, era su naturaleza.


jueves, 26 de junio de 2014

Duermevela



Es la una de la mañana y el cielo se ve de ese gris rojizo enfermo de las noches urbanas. ¡Ay, cómo me duele la falte de esos cielos negros, llenos de estrellas y lunas asesinas! Tengo nostalgia de todo, de lo que viví, de lo que no viví, de lo que imaginé, la nostalgia está siempre conmigo, tanto que ya no sé si me hace bien o mal, simplemente está presente y ya. De repente, estoy en otro lado.

Sé que estoy soñando; de hecho, sé que es una pesadilla muy elemental, llena de símbolos muy básicos, obvios, pero de todas formas me aterran. Recreo mis malas decisiones, mis errores, mis miedos, pero sin demasiados matices, casi como caricaturizados, y eso los hace más terribles, porque se ve que no tienen perdón ni mucho sentido, como si fuera el desarrollo de una novela de esas que pasan por la tele abierta.

 La veo, platico con ella, que me mira de esa manera en que vemos a la gente muy tonta o muy fea, a personas que no queremos ofender porque pensamos que ni siguiera eso merecen. Me cuenta historias absurdas que yo intuyo como mentiras piadosas, como verdades mutiladas para no ofenderme, pues ella sabe que al final, el que ha salido perdiendo todo he sido yo, y sabe también que estoy arrepentido, pero que nada más puede hacerse. 

No importa que yo sepa que estoy dormido porque igual siento pánico. Miro por las grietas del piso y veo que estamos sobre una cueva inmensa. Me doy cuenta de las raíces de los árboles, de los roedores inmundos que me emboscan en la penumbra, de la oscuridad que me reclama. Apenas unos cuantos centímetros de tierra seca, que se desmorona, me separan de ese símbolo sencillo del infierno.

Todo está polvoso y abandonado. Sé que está así porque está muerto para mí, que lo reconstruye mi mente con imágenes de un pasado cercano, pero sin la fuerza suficiente para darle una vida real. Ella me promete cosas lindas y frescas como los chicozapotes que puedes comerte recién cortados, pero que nunca llegan; también, pienso que los chicozapotes rebanados a la mitad parecen vaginas húmedas

No tengo derecho a ella, solo puedo aspirar a un perdón que tampoco tendré. El sueño me oprime  el pecho, no me deja respirar. Quiero gritar, pero es como si no tuviera boca, como cuando guardas un secreto terrible y no puedes contarlo a nadie. 

De repente, el sueño comienza a perder consistencia. Abro los ojos, escucho que los perros de los vecinos alborotan enloquecidos como siempre. Son perros felices e inconscientes que se distraen persiguiendo sus colas o ladrándole a los gatos. Cuando se acercan los niños, se azotan contra la reja. Los niños se ríen, quieren agarrarlos, jugar con ellos. Todos están contentos, el sol brilla, la mañana es hermosa como en un comercial de autos pequeños.

Me levanto, me baño y me visto con lo primero que encuentro, que no es muy diferente de lo que me pondría si escogiera con cuidado. Toda mi ropa es de saldos o pacas, muy parecida entre sí; bueno, tal vez si hubiera elegido, la ropa estaría limpia y los calcetines serían iguales. Parece que este será uno de esos días en los que me siento mucho más animado y optimista, en lo que quisiera saber qué pasará en el futuro lo que es una buena señal, pues creo que hay uno... hasta que el cansancio me agobia, no sé por qué estoy cansado, no he hecho nada, apenas me levanté hace menos de dos horas. Me siento en el sillón de la sala y me quedo dormido.

Hasta hace poco corría por estos túneles pequeños y húmedos buscando una salida; hasta hace poco creí que podría liberarme, pero ya estoy demasiado cansado. Me duelen los músculos y los huesos, me duele el alma tanto que solo quiero echarme en un rincón oscuro y lamerme las heridas, pero ni siquiera es posible en este laberinto tubular en el que vivo. Ya lo dije, estos son sueños muy elementales, pero poderosamente vívidos y lo que es más intranquilizador, están llenos de recuerdos y mi cerebro encuentra referencias y explicaciones que solo se sostienen en ellos. 

Cierro los ojos y escucho las hordas bárbaras que golpean las murallas. Sobre mi ciudad llueven piedras, fuego y flechas que traspasan los suaves cuerpos de guardianes, de ancianos, de niños, de sacerdotisas. Nos defendimos con toda la determinación que pudimos, pero ha sido inútil; hemos logrado detener la destrucción por mucho tiempo, pero ya estamos cansados.

Queríamos la belleza y conseguimos el desamparo; combatimos por la libertad y nos derrotó la desesperanza. Los propios esclavos que amamos, que quisimos liberar, nos escupen ahora a los ojos, nos reclaman airados: “¡Éramos felices cuando ignorábamos! ¡Nos abriste los ojos y nos duele!”.
Aovillado en una vuelta del tubo, dormito cuando recibo la visita del ángel de la muerte, quien me sonríe con dulzura. El ángel de la muerte es insondablemente bello, pero sus ojos son agujeros que esconden el infinito de la muerte, y eso es lo que busco, porque me pesan demasiado mis errores, como a mis víctimas, a mí también me duele.

Los bárbaros entran a la ciudad por mil brechas. Queman y mancillan todo a su paso, ensucian las buenas intenciones, se burlan de los actos bondadosos, afean las obras de arte, tuercen las palabras y las convierten en insultos. Se orinan en los vasos sagrados, defecan en las alfombras milenarias, destruyen lo que no comprenden.

El ángel de la muerte me toma en sus manos de acero y clavó sus uñas en mi cuerpo, me alzó sobre su cabeza y abre las fauces para tragarme… Pero las cierra lentamente, su aliento frío y nauseabundo me agobia, y me vuelve a poner en el suelo. “Si quieres venir conmigo, que sea por tu mano, no por la mía”. Me besa en los labios y se aleja volando por el cielo impasible.

Los bárbaros se acercan. Escucho los gritos de las víctimas, el estruendo del fuego barriendo palacios y bibliotecas. Muy pronto entrarán a este último reducto, al centro de la existencia. Me preparo para recibirlos. Afeito cuidadosamente mi cuello y lo perfumo, como hacían los samuráis, porque cuando lleguen ellos, no habrá más resistencia, sino que presentaré mi garganta a sus aceros. Espero que el corte sea rápido.

Pero no llega el corte; en su lugar, escucho que tocan la puerta en el mundo real; tengo la impresión de que llevan un buen rato haciéndolo, pero no tengo la mente muy clara. Me asomo por la ventana. Un joven alto con cara de asaltante de micros —no sé si exista esa cara, pero de que esta persona la tiene, la tiene— me pregunta mi nombre.

—¿A quién buscas?”, le respondo enfatizando el tú. 

“A Rigoberto Gorostiza Pineda, ¿qué es de usted?”, me responde.

—Un desconocido, pero si vienes del gas, no he pagado, así que si quieres cortar el servicio, hazlo, los medidores están en la azotea, creo”.

“Es que vengo del gas a cortar el servicio, porque no ha pagado, don”.

Me dan ganas de responderle que es un imbécil, que eso es precisamente lo que le acabo de decir, pero decido ser humanitario y tratarlo como si fuera persona:

—Sí, mira, yo alquilo el departamento y no he pagado, no tengo dinero…

“Oiga, don, si debe bien poquito. Le va a salir más cara la reconexión…

—Sí, ya sé, pero no tengo dinero.

“Pues yo tengo que cortarle el servicio entonces. Es que a mí me pagan por destajo y pues si no le corto, pues pierdo, aunque de por mí, yo se lo dejaba...

—…

“…pero no puedo…”

—…

“A menos, no sé, que me dé lo del servicio, unos 50 pesitos”.

—No, si tienes que cortarlo, pues córtalo. No tengo dinero. —Sé que no van a cortar nada, que les da flojera subir la escalera pegada a la pared que lleva a la azotea. El tipo se da la vuelta indignado y se va. Por supuesto, no se dirige a cortar el gas, sino que baja. 

Salgo a la calle. Camino por avenidas aburridas, llenas de gente atareada y malencarada, atestadas de basura y puestos de baratijas chinas que si pudiera llevar al pasado vendería como maravillas tecnológicas o, mejor aún, como magia. La gente prefiere la magia que la razón. Como menú mexicano en un restaurante chino —al menos, lo que me sirven se puede distinguir— y me meto al cine de un museo, donde hay un ciclo de películas mexicanas de terror. Estoy cansado y nuevamente tengo sueño; es un buen lugar para dormir.

Me veo más alto y más delgado, pero sobre todo, más joven. Estoy haciendo cola en la caja de un banco de esos que forman parte de un almacén comercial especializado en ventas a plazos, así que tiene que ser el presente, no había de esos cuando tenía los años en que me veo ahora. 

Las otras personas de la fila son, sobre todo, señoras que vienen a pagar estéreos con bocinas de bambú, pantallas del tamaño de las paredes de sus departamentitos o préstamos obtenidos en plazos eternos, pero accesibles. Compran caro y lo saben; yo creo que por eso, en sus casas ponen el volumen de los home theaters y aparatos musicales tan fuerte que el sonido rebota distorsionado en las ventanas de los otros departamentos —lo que a veces es benéfico, sobre todo cuando ponen cedés piratas de Luis Miguel o Arjona, —. Pero nada de eso importa —salvo, en todo caso, para destacar que el entorno me es familiar—; lo interesante es que solo tengo puestos unos bóxers, de esos Fruit of the Loom de abuelito que venden en los supermercados en paquetitos de tres.

Bóxers y piernas blancas. Por supuesto, yo estoy muerto de la vergüenza, pero me aguanto; las señoras de la fila cuchichean entre ellas y me señalan cuando suponen que no me doy cuenta. No sé porqué no traigo más ropa. Casi es mi turno, pero una gorda de mallones lila que se había entretenido viendo las ofertas de licuadoras para día de las madres (no tengo idea de la razón de que se ofrezcan ahora si no es mayo; no sé la fecha, pero estoy seguro de que el mes debería ser agosto o septiembre), regresa a su lugar que supuestamente yo le había guardado adelante de mí. Quién sabe si sea cierto, pero no quiero llamar más la atención —como si eso fuera posible—.

Dejo que la señora arregle su asunto primero. La caja no es de banco, sino más bien de tienda. La clienta se acerca a la empleada, quien bromea con ella. Le pregunta por “su viejo” y ella le responde que para qué quiere viejo si hay jóvenes encuerados más buenos por todos lados. Ambas me miran y ríen.
Me da algo de pena, pero también me enorgullece que alguien considere que estoy bueno. Siempre he tenido complejo de feo, que entierro bajo una capa de soberbia que matizo con actitudes cínicas y una insoportable vanidad, pero la verdad… la verdad es que creo que soy feo. A veces pienso que preferiría ser súper modelo que intelectual.

Despierto bruscamente. Un viejito apestoso quiere pasar y me empuja para que despeje el pasillo. Recojo las piernas y él murmura algo que suena como a pinchemadreculeroporquénoteparasydejasdeestorbar. 

“¿Qué pasa?” –le reclamo con toda la rudeza que he recopilado en años de ver películas de charros afamados.

--Nada, señor, Solo quiero pasar, compermicito…

“Pero qué es eso de mi pinche madre que dice. Nomás pida permiso”.

--Yo ni he dicho nada, señor –me responde el viejito al borde del llanto. También, intercalado con sus palabras, escucho pincheputonomásporquesoyviejonotemadnoalavergaacámismo…

Me levanto y salgo corriendo. Escucho muchos quélepasaaesteimbécil, quépedopendejo y mierdaspinchesdrogaditosquesevayanamonearasucasa… Todos los ancianos del cine me miran y meten sus palabras en mi mente. Ahora resulta que puedo escuchar sus mentes y para lo que me sirve, reflexiono mientras corro hasta una tiendita y saco un refresco del refrigerador rojo. Odio las botellas de plástico, pero no quiero pedir ni buscar un destapador.

Me tomo el líquido anaranjado de un trago, eructo y le aviento un billete de a quince pesos al tendero. No escucho nada en mi cerebro, así que salgo a caminar por la cintura mágica del sur. Bueno, no, eso es una canción. Simplemente camino hasta llegar al metro. La cajera malpagada y humillada por jefes y usuarios, me avienta un boleto. 

Veo que viene el tren. Ya no quiero soñar. Pienso que podría aventarme frente a él; seguramente me mentarían la madre decenas o cientos de personas, pero vale la pena. Solo alcanzo a ver la luz del tren que se acerca, bordeada por la oscuridad del túnel. Decido dar el paso y mientras caigo pienso que es curioso que la luz que se acerca no parece del metro, sino de los trenes que se ven en las películas viejas. ¡Ah! También puedo oler el sabor del chicozapote.

lunes, 24 de marzo de 2014

De la serie "Qué bonito es vivir en el tercer mundo", el capítulo "Qué malos son en Prodigy, Telmex y Clarovideo”

 El 3 de marzo tuve la ocurrencia de hablar a Telmex para solicitar un paquete de Internet ligado a la línea telefónica del número de mi nuevo departamento. Tomaron mis datos, me dieron un montón de claves, me regalaron un mes gratuito de Clarovideo ("oiga, pero si no tengo aún servicio de Internet, ¿para qué quiero el mes gratis de las películas?” --No importa, lo puede ver desde alguna computadora o dispositivo con Internet.) y me prometieron que en 15 días hábiles me contratarían el servicio... "es que es de fibra óptica, me explicaron (claro, me imaginé un barco gigante con un contenedor en el que estaba un rollito de fibra óptica, con sus tripulantes peleando contra los piratas de algún país africano luego de sortear dos tifones en el Mar de China).

Pasaron 21 días y como no me conectaban nada, llamé por teléfono, donde una señorita muy amable (eso no voy a negarlo) me dijo que mi orden de trabajo estaba cancelada.

"Mire usted --me explicó--; primero iba bien, luego, quién sabe por  qué, se desactivó, parece que sola (la verdad, tuve miedo pues imaginé a Skynet despertando a la vida consciente y haciendo sus pininos con pequeñas maldades), y ya está cancelada... pero yo le prometo que si la reactivamos le voy a dar seguimiento personal".

Pensé que, seguramente, iban a pasar otros 15 días hábiles (les juro que vi el contendedor del rollito de fibra óptica en el mismo barco haciendo el camino de regreso), así que me decidí rechazar el ofrecimiento; además, me dijeron que el servicio adicional de Clarovideo nunca lo habían activado. "Cómo no --le expliqué a la señorita del teléfono--, si hasta me enviaron un correo de bienvenida con clave y todo". Ella me contestó que qué raro, que el único reporte que tenía era que no se había activado.


Al rato voy a contarle a mi papá, quien vive cerca de San Francisco y, seguramente, me explicará cómo en Estados Unidos el servicio está en todos lados, es rápido y barato. Me va a dar envidia, mucha envidia.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Lista de reproducción


She said she was leavin’/and that was all she had to said
--Leavin’ Texas Hippie Coalition


Otra vez demasiado rápido por la carretera, otra vez, la música demasiado fuerte. Metallica, Pesado, Rolling Stones, Interpol, La Cuca, Horóscopos de Durango, Boccherini, Seether —mucho Seether—, Hippie Texas Coalition, Guns and Roses, aunque en realidad, casi lo que sea, mientras sea fuerte, mientras grite, rompa madres, le miente la madre al mundo y se burle de la vida perfecta. Rápido, cada vez más rápido. La carretera es eterna, el sol quema, calienta el metal del Stratus —viejo, pero con buen motor, remedo aceptable de los muscle cars—, que me permite ir dejando
Lo único que quiero es escaparme, que los perros no puedan morderme los tobillos, que se acallen las voces que susurran verdades dentro de mi cabeza, que me muerden las orejas. No quiero ver esos rostros sonrientes con los dientes blancos y brillantes desde que descubrieron que la mierda y la sangre se lavan. No quiero verlos, ya no más.
Sigo corriendo hacia específicamente ningún lado, sigo reventándome los oídos con ojaláquetemuerasfuckit, con iseeareddoorandiwantitpaintedblack, con todo lo que salga del reproductor con listas preparadas sin saber para cuando llega el momento de huir. Me duelen los huesos, me duele el alma, me duelen las nalgas, me duele el pensamiento. No puedo respirar, el viento se agolpa en mi nariz y no alcanza a pasar a los pulmones, pero no importa, porque sigo corriendo aunque los perros no queden atrás, aunque las voces me sigan susurrando por los huecos que quedan entre my love’s laboratory y a chillar a otra parte y se ríen de mí, me dicen que soy un imbécil, que nunca aprendo, que siempre siempre siempre siempre voy a hacer las cosas mal, a equivocarme.
Lo único que queda es seguir corriendo hasta que acabe el camino. Pues ya qué.


miércoles, 17 de julio de 2013

Hambre



Crawling in my skin/These wounds, they will not heal
--Crawling, Linkin Park


Lanzo la botella de cerveza hacia el espejo. Se mueve lentamente y el líquido dorado deja una estela de espuma olorosa. Golpea contra el espejo y miles de estrellitas plateadas y verdes —vidrio chino y cristal holandés— llenan la habitación. Respiro estrellas, se hunden en mi piel, aterrizan en mis ojos, se abren paso hasta las venas.

No me importa, no siento dolor. ¡Ah! Pero el aroma de la sangre me atrapa, aunque provenga de mí. Desde hace días solo pienso en sangre, en sangre en mi lengua, en paladear su sabor a óxido. Pero mi sangre no es suficiente, ¡claro que no!

Todo se mueve muy despacio. Veo cómo las moscas vuelan alrededor del foco y, si quisiera, podría atraparlas una a una antes de que aletearan dos veces, pero ¿quién quiere atrapar moscas? No quiero moscas, ni ratas, ni conejos, quiero carne y sangre de personas, quiero cazarlas y ver cómo la vida se va de sus ojos mientras trago su carne cruda.

Lo imagino y me duelen las mandíbulas por el ansia, siento como si mis colmillos crecieran y se me crispara el pelo del cuello. Cada vez tengo más hambre, ¡hambre!

Hace unas horas, o unos días, no puedo fijar bien las fechas, el alcohol me adormecía, pero ya no lo tolero, no me queda más que morir de hambre o salir por la ventana a buscar una presa.

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