miércoles, 22 de octubre de 2025

Unos amables cobradores

 "No compres a crédito, sobre todo si son cosas que no te urgen”, me decían unos. “Mejor saca una tarjeta de alguna tienda grande”, opinaban otros; gente juiciosa e inteligente me prevenía: "el dinero que te prestan ahora se lo robas a tu yo del futuro". Sin embargo, la advertencia que me parecía más ocurrente, y la que también ignoraba, era: “los cobradores de la tienda tal te chuparan la sangre, te quitarán el alma”.

Por supuesto, no hice caso a ninguno de estos consejos. Para empezar, mi pesimismo me hacía pensar que tal vez no habría futuro, y mi absoluta estupidez me había convencido que todo se arreglaba de una y otra manera. Además, me había obsesionado con cierto celular de alta gama y con mi sueldito y los compromisos familiares, la única forma de hacerme de uno era endeudándome. Por supuesto, eso no era tan sencillo.

Boletinado hasta en mi cuadra por deberle al de la tienda jamón, queso, pan y chilitos, por supuesto que las fuentes normales de crédito eran completamente inalcanzables para mí, y yo solo me amargaba cada vez más en el atestado microbús y el ruinoso metro en las dos y media horas de trayecto, tarde y noche, hasta mi trabajo y veía como gente que a mis ojos no me llegaba ni a los talones tenía celulares como el que yo quería, y la rabia me iba invadiendo, me quemaba las entrañas.

El punto de quiebre llegó una mañana en que iba tarde para el trabajo. Se subió al microbús una pareja de malandros enmascarados que al grito de “ya se la saben, celulares y carteras”, procedieron a desvalijarnos de nuestras cosas. Cuando llegaron conmigo les entregué mi celular.

La verdad, no estaba preparado para lo que siguió. El ladrón con máscara de payaso lo tomó con evidente asco, se lo mostró a su compañero con máscara de iguana y dijeron “este compa si que está fregado” y me lo aventaron en la cara.

Algo me poseyó en ese momento. Ya que avanzamos, unas cuadras más adelante, me bajé en la tienda tal, que prometía abonos chiquitos, servicios bancarios y créditos a “cualquier creatura con alma” (así decía su publicidad que en ese momento me pareció tremendamente ocurrente).

Me llamó un poco la atención que la tienda estuviera mal iluminada y que los empleados, aunque activos y entusiastas, se vieran pálidos y ojerosos. Uno de ellos se me acercó y me preguntó si me interesaba por algo.

Le dije del celular. Me lo mostró y en cuanto lo tuve en mis manos supe que tenía que ser mío. Sostenerlo me hacía sentir importante, interesante y hasta exitoso, como en la prehistórica canción de Los Tigres del Norte, me sentía “con mi celular en la mano, romano de la antigüedad”. Vi el precio y me pareció absurdo.

El vendedor, quien debajo de la colonia para después de afeitarse olía un poco a tierra y hojas descompuestas, tomó la tarjeta del precio y la aventó. “No se preocupe, usted tiene crédito con nosotros, no puede dejar de llevarse este aparato, se lo merece”.

Me habló de un plan de crédito a muchos meses, de intereses y me extendió un contrato a mi nombre. No dude en firmarlo. Cuando puse mi firma, de alguna manera me corté con el papel la yema del dedo y unas cuantas gotas de sangre mancharon el documento. En lugar de cambiarlo, el vendedor murmuró un “perfecto, perfecto”, me dio el celular nuevecito en su caja, lo metió en una bolsa llena de folletos y salí a la calle. ¡Ah! Incluso le añadió audífonos bluetooth, cargador ultrarrápido y carcaza megarresistente “grado militar”.

Cuando llegué a casa ignoré los reclamos de mi esposa, los gritos de los niños y los ladridos del perro,  me encerré en el baño para que no me molestaran, saqué el teléfono, lo encendí y mi vida cambió.

En unos cuantos días me ascendieron en el trabajo, empecé a ganar más y dejé de regresar al hogar. Pensé que mi esposa no era suficientemente bonita e interesante para una persona como yo y que mis hijos tal vez ni fueran míos, estaban muy flacos y feos para mí.

Pude hacer los primeros pagos con facilidad porque el dinero simplemente fluía, aunque después de hacerlos me sentía cansado y somnoliento, lo que atribuí a que el cobrador siempre llegaba en la noche.

Medio año después ya no pude pagar. Intempestivamente se me acabó el dinero, me quedé sin trabajo y supe que los hermanos de mi esposa, ambos boxeadores profesionales, me buscaban, seguramente para platicar amablemente conmigo

Los que nunca me perdieron de vista fueron los cobradores. Pero ya no eran amables y encantadores. Se habían convertido en criaturas de la oscuridad. Al principio pensé que no podrían entrar en el cuarto donde vivía porque no los había invitado, pero además de malignos eran abogados y me informaron que al firmar el contrato expresamente les había permitido llegar en todo momento a mí.

Cada vez tengo menos sangre, más dolor y menos ganas de vivir. Pero los cobradores son implacables, me dicen que seguirán viniendo por un tiempo tan largo como la eternidad que dure mi contrato de crédito.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Los juegos de Lily

Hay muchas nubes bajando por las montañas. Con suerte, y solo necesito un poquito, vendrá una tormenta de esas magníficas, ruidosas, con rayos y truenos que asustan a los más pusilánimes, pero no a mí. A mí no me asustan las tormentas, por el contrario, las espero con ansia. Por eso vine a vivir a esta colonia tan alejada de todo, pero cercana al bosque y a la sierra.

Empiezan a caer las primeras gotas, grandes y robustas, y en pocos minutos se desata el pandemonio. Los truenos se suceden casi ininterrumpidamente, las gotas golpean con fuerza el techo de lámina y las paredes y no permiten que se escuche nada más.

La tormenta arrecia y yo me adormezco. Sé que no debiera hacerlo, pero el cansancio es demasiado y me voy quedando dormido…

Ji ji ji ji, ji ji ji ji ji. Me despierta una risa suave, como de niña pequeña, pero que tiene un regusto a hierro oxidado. Ji ji ji ji ji. ¡No puede ser! La tormenta cesó y ahora solo cae una lluvia muy suave, que tal vez en otro momento, o en otra vida, podría calificar de gentil.

Ji ji ji ji (no te me escaparás, vengo por ti). Ji ji ji ji ji (aunque te escondas, ya te vi). La risita y la vocecita que no escucho con los oídos, sino que se instala en el centro de mi cerebro con la frialdad del hielo y el dolor de mil cuchillos, me ha alcanzado de nuevo.

No quiero abrir los ojos. Sé que no la veré, pero de todas maneras su imagen está en mi mente. Una cara de porcelana con ojos redondos, muy grandes, de un azul imposible; mejillas rojas; pelo natural que ahora se va desgastando como la paja vieja; manos como de bebé muerto y unos dientes afilados, de madre perla, con manchas que no pueden ser de otra cosa más que de sangre.

Lily es (o era, ya no sé) una muñeca bávara que compré en un impulso en un puesto de antigüedades callejero de Saltillo, Coahuila. Ese tipo de muñecas del siglo XIX y principios del XX, con sus vestidos de seda llenos de holanes y sus caras impávidas nunca me han gustado, pero supuse que la muñeca sería del agrado de Renata, con quien salía en esa época.

El vendedor, un viejo casi centenario me dijo que se llamaba Lily y que solo la llevara si estaba seguro de que la iba a cuidar. Pensé que se trataba de una artimaña para turistas, así que no hice mucho caso, pagué lo que me pedían y me la llevé. En el hotel la metí al fondo de mi maleta y prácticamente me olvidé de ella hasta que regresé a la Ciudad de México.

Renata y Lily se odiaron desde el primer momento. En una ocasión, Renata me dijo que la muñeca la había mordido. Por supuesto, no le creí y le di una explicación autosuficiente de que seguramente se había lastimado con algo.

Algunas noches después comencé a escuchar las risas durante la noche, particularmente cuando llovía suavemente. Ji ji ji ji ji (solo te quiero a ti). Ji ji ji ji ji (eres totalmente para mí). Renata también escuchaba las risas, pero el significado que ella percibía era mucho más oscuro; para ella, era jo jo jo jo (la muerte la entrego yo). Jo jo jo jo jo (tu vida ya terminó).

Así, hasta que una noche que llegué más temprano a la casa (por cierto, llovía con suavidad) y al abrir la puerta vi a Lily mordiendo el cuello de Renata. La sangre le salpicaba la cara y manchaba sus imposibles ojos azules. Recuerdo que golpeé con fuerza a la muñeca y pude meterla en un costal, mientras escuchaba su ji ji ji ji (no digas que no te lo advertí).

Renata estaba muy lastimada. La llevé al hospital, donde me detuvieron por presunta violencia doméstica. Cuando la curaron, Renata desapareció y a mí me soltaron por la providencial “falta de pruebas” y porque di cinco mil pesos “para trámites”.

Regresé a la casa. Esa noche se había desatado una tormenta en forma, con relámpagos, truenos y el golpeteo del granizo. Me asombró ver a Lily en completo silencio, con los ojos cerrados. Pensé que tal vez le tenía miedo a la lluvia y, aunque no lo crean, me dio lástima.

Hice una maleta con lo más elemental y me fui de la casa. Durante los primeros días las tormentas se sucedieron todas las noches, como ocurre en la Ciudad de México. Busqué dónde ocultarme y en un viejo manual sobre muñecas embrujadas leí que cerca del bosque podría ser una buena opción.

Así llegué a este lugar donde había vivido en calma durante tres meses, hasta que el otro día, uno de lluvia suave, escuché el ji ji j ji ji (¿quién crees que vino a ti?). Estaba cortando unos limones y me rebané un dedo por el sobresalto de escuchar la vocecita. En el centro de salud me suturaron y me vieron con cara de “pobre idiota”.

Ji ji ji ji ji (jamás escaparás de mí), escuché durante varias noches. Ji ji ji ji ji (cada vez estoy más cerca de ti). Afortunadamente empezaron las tormentas.

Hasta esta noche. Sé que Lily está cerca y que sus dientes están más afilados que nunca. Ji ji ji ji ji. Su risa eriza los vellos de mi cuello. Ji ji ji ji ji. Siento sus dientes que me van robando la vida…

martes, 14 de octubre de 2025

Un ángel vengativo

Siempre he trabajado con demonios. Los grandes, furiosos, llenos de fuego, son mis favoritos, pero no le hago el feo a los pequeños y negros, que te hielan el corazón y producen desesperanza; ni a los medianos, verdes, que producen los crímenes de la violencia, los celos y la furia.

Mi cercanía —familiaridad, de hecho— con belcebúes y beliales me viene por herencia. No estoy seguro, se ha perdido en la sombra de los siglos, pero entiendo que hace muchas generaciones algún antepasado hizo un trato divino, o satánico, no lo sé aún, y mi estirpe se convirtió en una especie de representante de los poderes del mal.

Así, he acompañado a diablos y diablitos en sus correrías por el mundo, llevando dolor y desgracia en todos los rincones de la tierra. Me he vuelto insensible al llanto de padres y viudas, de niños y abuelos. No me alegra, en realidad me da igual.

Sin embargo, desde hace unas semanas, un sentimiento extraño se ha apoderado de mí. Cuando camino por la calle, me detengo y volteo sobre su hombro porque en algún café o restaurante, dejo mis alimentos con la certeza de que están envenenados.

El terror se ha apoderado de mí.

Llegó de manera inesperada. Una tarde empezó a llover con mucha fuerza, como suele ocurrir en la Ciudad de México. Yo había salido a dar un paseo (en realidad, a acompañar a un par de demonios a llevarse al infierno a un adúltero golpeador que se gastaba la quincena en bares).

En el camino escuché un ruido que venía de una caja de cartón mojada. La curiosidad que dicen mató al gato en este caso lo salvó. Un animalito del tamaño de mi mano, empapado y aterido, me miraba lastimero.

Maldiciéndome, decidí rescatarlo. En mi casa, le di un poco de jamón, leche y le hice un nido para que se calentara. Ya, más noche, sentí como subía a mi cama y se acostaba junto a mí. Dormí muy mal, con pesadillas. Sentía a mi lado una presencia pesada, como de reptil que se iba apoderando de mí.

Esa sensación desapareció en la mañana, que fue un día atareado, pero extraño. No conseguíamos encontrar a ninguno de los condenados de la lista y, les aseguro, la furia del infierno por el trabajo mal hecho no es nada que quieras experimentar.

Llegué a mi casa. Olía extraño. Como a animal. Pensé que el gato había ensuciado, pero no. Todo estaba inmaculado. Luego, me imaginé que alguno de los demonios había ido a visitarme, porque algunos de ellos tienen mal olor, pero nada.

Solo estaba el gatito.

Que me veía fijamente, con esa cara de reproche que tienen todos los felinos.

Entonces, escuché su voz. “No me dejes, no te vayas, eres mío, solo mío”.

El gato iba tomando la forma de una mujer alta, delgada, gris, con piel de apariencia de reptil.

“Mío, eres mío”.

Sin pensarlo, me abalancé sobre ella y la tiré por la ventana. Vi cómo caía, pero jamás la vi llegar al piso.

Pensé que, de alguna manera, algún demonio estaba molestándome. Estaba equivocado.

Acudí con uno de mis contactos infernales. Palideció (sí, un demonio puede palidecer) y me dijo que estaba condenado. No era ningún demonio, por el contrario, era un ángel. Un ángel de la guarda, para más señas.

Ellos tienden a ser muy simples, muy elementales. Yo lo había rechazado desde mi nacimiento para dedicarme al empleo familiar, pero este en particular no había dejado de buscarme.

Me localizó, se convirtió en gato y la historia ya la saben.

Solo que este ángel no es bondadoso. Es un ser resentido, celoso, que se siente rechazado.

Y me hará pagar en vida el que yo me haya tratado de deshacer de él.